¿Arte? Moderno

P.S.B.

¿Cuántas veces hemos inclinado la cabeza delante de un bodrio de cuadro colgado en las impolutas paredes de un museo? ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido del precio subastado de un lienzo incomprensible que no sabemos ni orientar pero que se pretende justificar por su título, por la fatua erudición de sus críticos y por la propaganda de sus marchantes,  galeristas y patrocinadores?

El arte moderno o contemporáneo, como prefieran los lectores, es un claro reflejo del lugar en el que está nuestra sociedad ahora mismo, teniendo en cuenta que el arte es siempre la representación estética de la sociedad del momento. Por eso, a un mundo con graves situaciones de injusticia y sin sentido, como el del último siglo e inicios del presente, le corresponde ciertamente una estética existencialista de lo abstracto y provocador, expresada como belleza, al modo de los absurdos pintarrajos de Antoni Tapies, respondiendo así al anhelo de tutela de una sociedad que no quiere salir de la infancia.

Una de las causas de la transformación moderna de lo artístico procede del desbarajuste de los criterios sociales de la belleza, respecto de las personas y cosas. No porque los gustos sean más variados que antes, sino porque cada vez son menos personales y auténticos. Factores demagógicos y económicos producen la uniformidad y homogeneización en los gustos. Y como en aras de una democratización de lo artístico sólo se iguala por abajo, la masa clientelar impone la zafiedad como estética y el mercado, como negocio, encontrando su perfecta síntesis en el arte moderno que se potencia y financia actualmente, incluso desde el sector público con fondos públicos. Basta fijarse en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO) para percibir este desbarajuste del arte moderno. Una feria que es el reflejo nítido de la crisis sociopolítica, paulatinamente incrementada y que tiene la osadía de mostrarnos un año tras otro sus carencias reflexivas y sus ideales deformados. El resultado es concluyente después de unas cuantas apreciaciones: el arte moderno se percibe a sí mismo como un problema frustrante y no como objeto de belleza, pues una vez escindida ésta última de la estética, al final sólo quedan los despojos de aquellos autores que encierran el arte en composiciones sin forma, combinaciones sin contenido e insinuaciones de lo inacabado.

El arte moderno y sus tendencias promovidas por las estructuras de poder, son un claro exponente del intento de crear un arte abstracto  y vacío desvinculado de la comprensión de la mayoría. Un arte que construye tendencias y argumentos para justificar movimientos de dinero y círculos clientelares y elitistas presuntamente intelectualizados, como ya advirtieron en su crítica Eugenio D´Ors u Ortega y Gasset. No interesa crear belleza inteligente, pero si programar psicológicamente a la masa aborregada para que acepte y consuma un determinado arte y asuma como consigna dogmática unos concretos principios estéticos (e ideológicos).

A este respecto podría mencionarse al Museo Reina Sofía, cuyas colecciones de obras y exposiciones temporales, frecuentemente nihilistas, se recrean en lo absurdo elevado a lo convencional, y salvo honrosas y marginales excepciones, tienen el riesgo de convertir este museo, si no lo es ya, en uno de los mayores mausoleos del arte. No lo digo porque la mayoría de las obras que se exponen allí carezcan de sentido figurativo o de formas reconocibles, pues a pesar de ello podrían ser emotivas, sino porque no hay arte donde no hay sentimiento ni inteligencia. Otro ejemplo diáfano de esta selección inversa se puso de relieve con motivo de la reciente muerte de Antoni Tapies y los panegíricos que la prensa oficial le dedicó, obviando, claro está, que su figura representa uno de los mejores fraudes del mundo artístico contemporáneo, con la salvedad de Rothko, Duchamp y Mondrian.

En cambio, si se promoviera un arte que pudiera acercarnos a las emociones, entonces bastaría la sensibilidad y el alma del espectador para establecer un diálogo que acabaría con cualquier elitismo. El camino del cambio pasa por recuperar lo esencial que comienza por reconocer que lo que distingue a la obra de arte de todas las demás manifestaciones de la creación humana es que reside en la plenitud del universo que representa y en la irreversibilidad de lo creado. Las producciones de las demás disciplinas humanas como la ciencia o la técnica nunca infundirán esa esencia irreversible que sólo el arte puede materializar. La sensibilidad es naturaleza propia del ser humano, por mucho que se nos quiera desnaturalizar y deshumanizar, y allí es precisamente desde donde debería valorarse inicialmente una obra de arte.

El arte no es intelectual, es más bien espiritual y emocional, y de emociones, entendemos todos… sobre todo, si recordamos que no somos autómatas de un falso progreso ni que el “placer” de las masas de clientes y consumidores ha de inspirar ni justificar la creación artística. Y menos aún cuando con frecuencia se califican como obras de arte lo que en realidad son chorradas novedosas y frívolas con precios desorbitados que se venden como expresiones plásticas de lo inefable.

P.S.B.

“El arte abstracto es obra de los sin talento, vendido por los que no tienen escrúpulos a los que están completamente desconcertados” Al Capp (1907-1979) Escritor y crítico estadounidense.

 

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