Increencias

P.S.B.

Uno de los aspectos que más interés suscita en el marco del diálogo interreligioso es la relación entre el fenómeno religioso y la aparición en las sociedades modernas de una multiplicidad de tipos de increencias y nuevas formas de religiosidad.[1] En un contexto de secularización y mundialización, es además muy necesario situar el diálogo en un nuevo escenario, más complicado quizá, donde poder evaluar y conciliar las nuevas visiones de la realidad.

En relación con estas nuevas visiones de la realidad en un contexto de globalización como el actual, el sociólogo de la religión Peter Berger se refiere a la idea de que la Modernidad favorece el pluralismo pero que la globalización no es sinónimo de secularización. Es decir, sostiene que no se puede identificar la Modernidad y el declive de las religiones como fenómenos inseparables.[2]A este respecto, estoy de acuerdo con lo primero pero en desacuerdo con lo segundo. Principalmente porque es innegable, por ejemplo, el declive social del cristianismo en Europa. Una lenta decadencia muy visible que se refleja en la notable pérdida de dominio cultural de la Iglesia Católica en dicho continente. Ello puede provenir tanto por la secularización interna como por la entrada de otras creencias foráneas que se han extendido por su interior. En este caso, creo que sí debería asociarse el pluralismo moderno con el declive concreto de la religión cristiana en Europa. Me parece que puede existir, en efecto, una estrecha relación causal entre ambos fenómenos, por lo menos a nivel demográfico y de influencia cultural.

En consecuencia tampoco estoy de acuerdo con Casanova, que niega que el proceso de secularización suponga una progresiva privatización y desaparición de la religión.[3] Es cierto que la religión no ha desaparecido sino que se ha transformado. Pero al quedarse como algo de consumo privado, la religión institucionalizada ha perdido mucha relevancia social y ello ha arrastrado directamente a muchas personas y a las nuevas generaciones hacia alguna forma de increencia. En otros tiempos la dimensión trascendente del ser humano era dominio público. Hoy la regla general en los ambientes cosmopolitas urbanos occidentales es vivir o fingir que uno vive sin preguntarse sobre Dios y con actitudes de vida que no incluyen dimensión trascendente o espiritual alguna. Este efecto de la secularización no me parece positivo, sobre todo si va acompañado de fuertes planteamientos laicistas, materialistas e intransigentes.

La secularización ha supuesto una crisis importante en las religiones institucionalizadas a la par que surgen otros movimientos religiosos centrados en la personalización de la vivencia religiosa. La religión deja de estar en el centro de la sociedad y pasa a recluirse en el ámbito individual. En consecuencia, las instituciones religiosas no gozan ya del reconocimiento y respeto del que disfrutaron en otros tiempos y se sitúan hoy en un lugar secundario o marginal. Por otra parte, aumentan las personas, sobre todo en la cultura occidental, que sostienen posiciones de indiferencia ante el hecho religioso e incluso de grupos críticos y ateístas que combaten intelectualmente la religión, a menudo desde posiciones cientifistas.[4] Detrás de estas formas de increencia se encuentran imágenes erróneas de Dios y una ausencia de experiencia religiosa personal. Eso conduce a muchos de estos pensadores humanistas a la convicción de que la religión es contraria a la felicidad del ser humano, que la religión, como decía Marx, es el opio del pueblo o que las prácticas religiosas se parecen mucho a las neurosis obsesivas, tal como afirmaba Freud. Fundamentan su increencia en que Dios no es demostrable empíricamente, que no es necesario, que Dios ha muerto (Nietzsche) o que Dios es un rival del hombre (Feuerbach).[5]

Algunos planteamientos antirreligiosos se centran particularmente en la crítica a la organización religiosa que monopoliza el mensaje de su fundador. Esta es una de las ideas que subyacen en el capítulo “El gran inquisidor” del libro V de la novela “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski. La institución ahoga el carisma originario del fundador vendiendo seguridad a cambio de libertad. La crítica apunta a la oposición radical entre el mensaje liberador de Cristo y una organización ideológica, jerárquica e interesada que ha traicionado su legado.

La increencia no impide que algunos apuesten paradójicamente por vivir una espiritualidad atea, como propone el filósofo André Compte-Sponville.[6] ¿Hasta qué punto puede ser viable una espiritualidad que dice ser atea? El tiempo (y sus frutos) nos dirán si son términos antagónicos o por el contrario pueden conciliarse.

P.S.B.


[1] La New Age o movimiento de la Nueva Era está cada vez más presente en los países occidentales. Es un fenómeno cultural complejo, difuso, ecléctico, sincrético y desorganizado. Incorpora elementos pacifistas, espiritistas, ecologistas y creencias orientalistas como la reencarnación, medicina china, autoayuda etc. Los críticos de estas nuevas formas de religiosidad argumentan que es un movimiento de carácter gnóstico, un conglomerado light que funciona como una religión universalista a la carta que se ha puesto de moda en las sociedades posmodernas de Occidente.

[2] Berger, P. Globalización y religiones. Iglesia Viva, 2004, nº 218, págs. 69-78.

[3] Casanova, J. Public religion in a modern world, 1ª edición, Chicago: University of Chicago Press, 1994.

[4] Recientemente, a propósito de la publicación de la obra “The Grand Design”, el físico Stephen Hawking sostiene que la moderna ciencia no deja lugar a la existencia de un Dios Creador del Universo. Por su parte Richard Dawkins y Sam Harris niegan a Dios por tratarse de una invención humana. Dawkins en su obra “The God delusion” califica la creencia en un dios personal como un espejismo.

[5] “La gloria de Dios se apoya únicamente ene la bajeza del hombre”, Feuerbach.

[6] En “El alma del ateísmo: Introducción a una espiritualidad sin Dios (The little book of atheist spirituality)estepensador francés afirma que sí se puede ser espiritual sin creer en una Divinidad y que lo importante no es ni Dios, ni la religión, ni el ateísmo, sino la vida espiritual. Afirma Compte-Sponville: “El espíritu no es una substancia sino más bien una función, una capacidad, un acto —la capacidad y el acto de pensar, desear, imaginar, de hacer cosas inteligentes—. Esta capacidad y este acto —este espíritu— son irrefutables porque para refutarlos se necesita utilizarlos” y también se refiere a que  “somos seres limitados que nos abrimos a lo infinito, seres efímeros que nos abrimos a lo eterno, seres relativos que nos abrimos a lo absoluto. Esta apertura es el espíritu mismo”.

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