¿Acertaremos en el siglo XXII?

Tulio

Es difícil,  interesante y llena de responsabilidad la tarea del historiador. A la labor minuciosa, paciente, de recopilación de datos, conocimientos y objetos se suma el descubrir y observar lugares. Todo ello con el fin último de intentar dar explicación fundada y veraz a todo ello. Tal vez en su tranquilo despacho, rodeado de libros apilados, revistas que nunca se leerán y el ordenador imprescindible, el investigador trata de buscar el porqué de lo acontecido años y siglos atrás.

Quizá de una forma científica, seria, contundente, dictaría con su escala de valores del siglo XXI el veredicto final  de “culpabilidad” para algunos acontecimientos que según él nunca se debieron producir…  Es difícil, cuando no imposible, abstraerse de la subjetividad para cualquier observador. Sin embargo, el enjuiciamiento negativo de algunos acontecimientos es incuestionable. Y es obligación de la ciencia y de la sociedad avanzar conociendo los errores de nuestros antepasados.

Por desgracia, no soy historiador ni experto en la historia de la conducta humana, ni sociólogo o antropólogo. Pero sí que tengo conocimiento de acciones, actuaciones de personas o de instituciones que en su momento fueron aceptadas cuando no estimuladas o aplaudidas. Ahora, sin embargo, nos parecen, me parecen, deleznables.

Desafortunadamente no se han extinguido, pero mayoritariamente son rechazadas en la sociedad donde vivimos. Entre las muchísimas que hay, he aquí algunas:

–              El uso de la fuerza, la guerra, para resolver diferencias entre pueblos.

–              Los duelos y reyertas, que de forma definitiva pretendían zanjar afrentas entre personas.

–              Los conflictos religiosos

–              La pena de muerte, como castigo supremo al reo y ejemplarizante para la sociedad.

–              La esclavitud, el empleo de un ser humano al servicio total de otro ser humano semejante a él.

–              La Inquisición, estamento que pretendía velar por la pureza de la Fe.

–              Algo más reciente: fumar en público, en sitios cerrados, en películas, en anuncios.

–              La educación basada en el miedo y en el castigo.

–              La utilización de prácticas sanitarias fundadas en supercherías.

Son sólo algunos ejemplos para llegar a la conclusión evidente: lo que antes era normal, soportado o estimulado, ahora nos puede parecer mayoritariamente aborrecible. Hasta aquí nada nuevo. Pero ahora deberíamos ir más allá: preguntarnos, de una forma sosegada y contando de cuantas más opiniones mejor, qué hechos, valores, leyes, podamos tener como “normales” hoy y que pudieran resultar chocantes para un observador futuro, pongamos, para un ciudadano del siglo XXII.

Cada  uno podrá elaborar una lista diferente, según sus vivencias, culturas, valores, religión.

Ésta es la mía:

–              La sangría permanente de miles de muertos accidentados, sacrificados en las carreteras, ofrecidos como oblación al dios Progreso.

–              La utilización del sufrimiento de animales para la diversión de unos pocos (Los toros).

–              La escasa protección, comparada con su inconmensurable valor, de espacios naturales, sobre todo de los bosques, víctimas de incendios fortuitos, de pirómanos y de especulación forestal.

–              Las hambrunas crónicas en muchas zonas del planeta.

–              El uso del preciado petróleo como mero combustible, cuando es precursor material de la mayoría de los objetos que nos rodean.

–              La incapacidad de políticos y científicos de ponerse de acuerdo en elaborar conclusiones y tomar decisiones sobre el cambio climático.

–              La práctica del aborto como medida irreversible y terrible de solucionar otro problema anterior.

–              La utilización masiva, indiscriminada, de los cuerpos de los animales marinos y terrestres como fuente de proteína.  Además de posibles objeciones éticas está la práctica: el alimentarlos genera a su vez la utilización de ingentes recursos.

–              La banalización del uso del sexo, que impregna y condiciona gran parte del quehacer humano. En la cultura occidental en un extremo, en otras, en el opuesto.

Como decía, habrá tantas listas como personas. Y cualquiera de ellas no carentes de polémica. Y ahí radica el misterio. Probablemente por donde pueda ir la sociedad será una suma de transformaciones sutiles de actitudes y voluntades individuales. Aunque no es habitual, a veces los cambios son bruscos y por alguna persona concreta que los lidera. Y no siempre, en ambos casos, el resultado tiene por qué ser el “mejor”. Por eso, para que esa transformación se produzca en las óptimas condiciones, se necesitan dos premisas inseparables: libertad en la capacidad de decisión y conocimiento e información mejor: sabiduría.

Animo a todos a elaborar su propia lista. Y también a defender y agrandar las premisas de libertad y de sabiduría. Quizá el historiador del siglo XXII, sentado ante su ordenador o tecnología inimaginable, podrá leer nuestros actuales pensamientos, razonamientos y deseos dejados en nuestros escritos, en esta revista o en Internet. Y sonreirá… ¿Habremos acertado?

Tulio

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