Recuperar la política

P.S.B.

La crisis económica está cambiando la percepción sobre la política. Cada vez son más los ciudadanos que tienen la sospecha de que lo que formalmente nos vendían los políticos como democracia y Estado de Derecho no eran tales, y que la política no puede dejarse en exclusividad a un conjunto de profesionales políticos, sino que es tarea de todos porque es propiedad de todos.

Los representantes políticos del bipartidismo secuestraron la política canalizando durante largo tiempo un mensaje unidireccional de consensos y promesas ilusorias que terminaron por ahogar los pocos resquicios constitucionales para la libertad política. Una mayoría social confundió la democracia con el hecho de votar, votar con elegir, y el Estado de Derecho con una multiplicidad de administraciones y con la omnipresencia de unos determinados partidos en los medios de comunicación.

El duro golpe de la crisis económica era inevitable por su dimensión internacional y ciertamente hubiera tambaleado los cimientos del sistema social pero no los hubiera devastado, como es lo que está sucediendo. Con una democracia participativa real se hubieran abierto espacios para una libertad política a través de nuevas fórmulas de reciclaje y destitución de los políticos actuales, optimizando el funcionamiento de la administración en relación con la nueva situación. Esto fue imposible que sucediera en España, a causa de un sistema cerrado y bloqueado por el bipartidismo, sus oligarquías caciquiles territoriales y los chantajes nacionalistas.

Por otro lado, con un Estado de Derecho efectivo, es decir, con separación de poderes, las instituciones hubieran conservado su integridad, equilibrándose mutuamente, sin llegar en ningún caso a las altas cotas de corrupción y descontrol que han alcanzado. Era un imposible con el modelo de Estado actual, cuyo sistema político cerrado y bloqueado permite a los tentáculos partitocráticos invadir impunemente los espacios públicos propiedad de la sociedad civil. Una sociedad que a su vez se ha visto convertida en rehén de un juego político bipolar y manipulador de consignas ideológicas simplistas y maniqueas. En esta dinámica ha tenido mucho que ver el vasallaje voluntario de numerosos medios de comunicación, sectores del mundo de la cultura y de la educación, cómplices todos por haber inoculado desde sus ámbitos de actuación la pasividad política, la falta de crítica a los fundamentos de un sistema político atrofiado y el conformismo hacia las decisiones del poder constituido.

La devastación social que está causando la crisis económica hubiera sido indudablemente menor si no hubiéramos tenido el sistema político que tenemos, que no sólo no detectó los problemas con previsión, sino que está agravando el decrecimiento e imposibilitando la recuperación. No obstante, por alguna razón inexplicable nuestros representantes políticos parecen todavía ajenos al cambio social que se está operando silenciosamente. Parecen desconocer la gestación de una conciencia social que será imparable y de consecuencias impredecibles. Sus mensajes caducos llamando solemnemente al consenso y a la responsabilidad, denotan el cortoplacismo interesado de las facciones que han domeñado las estructuras de poder en la España contemporánea y que se han arrogado, a menudo ilegítimamente, una representatividad excesiva. Por eso pretenden calmar los ánimos a través de algunos cambios meramente cosméticos para seguir explotando un estatus privilegiado y abusivo.

Lo cierto es que la situación crítica alcanzada está permitiendo a la sociedad civil salir de su letargo, compartir información a través de las redes sociales y de las nuevas tecnologías “libres” de la mediación de la clase política. A partir de allí, algunos incipientes grupos de movilización están poniendo de manifiesto la pésima gestión política anterior y posterior a la crisis, la ineficiencia y despilfarro de muchos recursos públicos, la inutilidad de los ajustes y recortes que se han venido realizando, la falta de supervisión y control de innumerables organismos públicos y lo que es peor: un inexistente proyecto nacional de unidad y solidaridad. Sin embargo, estos grupos heterogéneos, si bien han sido útiles para sembrar el debate no parecen estar todos exentos de incurrir en incorrecciones, contradicciones y falta de consistencia.

El evidente fracaso de la clase política en España no significa el fracaso de la sociedad si ésta reacciona a tiempo y recupera lo que es suyo, la política, comenzando por atender al núcleo exacto donde se originan y reproducen los problemas de España: la ley electoral. Por eso, cualquier esfuerzo de movilización será incompleto si no se exige la reforma de la ley electoral, el principal instrumento de que se han prevalido los partidos políticos del sistema para matar la libertad política, que es lo más valioso que tiene una nación para poder regenerarse.

Así pues, aunque haya poco margen de maniobra, hace tiempo que la sociedad civil ha superado los umbrales del desengaño y si se organiza de forma rápida y eficiente puede obtener resultados visibles a través de una acción directa encaminada a recuperar la política, como patrimonio de una sociedad libre. No queda tiempo para la frustración, sólo para la acción. La frustración inicial fue lógica mientras se observaba como la crisis descomponía poco a poco algunos pequeños logros que en efecto la sociedad española se había ganado con trabajo y esfuerzo a lo largo de muchas generaciones. Pero la parálisis de la frustración ha de dejar paso a la acción política real, pues nadie debería conformarse con verificar un hecho empírico: que los políticos se apropiaron de la política y están desautorizados de facto para encauzar la recuperación por su negativa a realizar las reformas profundas que requiere el sistema político, comenzando por el fraude que representa la actual ley electoral.

La acción de recuperación de la política ha de materializar no sólo el descontento social, sino precisamente esas demandas sociales de importancia vital para autogenerar un cambio político. Y si hay suficiente masa crítica, plantear o incluso abrir un proceso constituyente, orientado a sentar unas bases de mayor magnitud para las correspondientes reformas institucionales y territoriales que España exige. Por todo ello, ya es urgente exigir a los políticos que nos devuelvan lo que nos han quitado, la libertad política, y con ella la democracia que se predica de una nación soberana articulada bajo un Estado de Derecho con efectiva separación de poderes. Esta acción social de recuperación de la política en España será igualmente la plataforma de impulso con la que afrontar la recuperación económica.

P.S.B.

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