Ideas para una sociedad democrática en Tocqueville

P.S.B.

En su obra Democracia en América, Alexis de Tocqueville realiza una aproximación fina y analítica de la sociedad americana, de su concepto de democracia y de sus diferencias con la Vieja Europa.Este pensador francés, en una época degenerativa de descomposición cultural del Antiguo Régimen, supo captar y anticipar los problemas del mundo moderno, asumir el fin del estilo de vida aristocrático y las nuevas definiciones de libertad e igualdad. Pero a diferencia del pesimismo de Edmund Burke, Tocqueville deja entrever aspectos donde puede reformarse y mejorar la Modernidad incipiente.

Para Tocqueville, la Modernidad está marcada por dos fenómenos: la atomización social de corte individualista y la aparición de la masa humana, como agregado indistinto del individuo. Ambos fenómenos se retroalimentan porque son el anverso y el reverso del mismo proceso histórico, que concluirá con el auge de los totalitarismos del siglo XX.

Tocqueville, anticipando ambos fenómenos, se fija en las saludables virtudes de una joven y próspera nación, Estados Unidos. Durante su viaje de más de un año observa, luego de realizar un exhaustivo trabajo de campo, cómo existían ciertos instrumentos en el país que contrarrestaban la deriva que en Europa se empezaba a vislumbrar. Los norteamericanos sabían cómo protegerse del individualismo a través de la asociación, de la libertad de prensa, del patriotismo, de la religión cristiana, de sus costumbres y tradiciones y por supuesto de la participación política. Pero Tocqueville no propone la americanización de Europa, sino apuntar caminos para encontrar su propia Modernidad sin perderse en el intento.

No hay sociedad realmente democrática sin libertad política. De eso se dio muy bien cuenta Tocqueville, que levanta acta de las nuevas circunstancias sociales, económicas y políticas de su tiempo. Tocqueville sabe que la democracia necesita de una sólida libertad política que favorezca un espacio público donde los ciudadanos se comprometan a una actividad en común. Hombres y mujeres capaces de iniciativa para ser protagonistas con otros de las decisiones que atañen a sus vidas en común. Por eso Tocqueville es hipersensible ante la pérdida de libertad política que producen los tiempos igualitarios marcados por su carácter individualista que destruye invisiblemente la personalidad y originalidad del ciudadano como ser social. De hecho, constata que la servidumbre moderna es más peligrosa que la antigua, porque se reviste de la forma de igualitarismo estatal para parecer más benigna y apacible, cuando realmente ataca la raíz de la libertad. Este encogimiento creciente que provoca el igualitarismo modernista sólo puede combatirse por medio de la asociación. Tocqueville alaba ese “arte de la asociación” de los americanos, que les hace ver más allá de sus intereses particulares para defender causas y bienes comunes. Advierte del peligro de un Estado que tenga el potencial de resolver la vida de los ciudadanos pero sin contar con ellos.

A Tocqueville le importa más la libertad que la igualdad, siendo la primera condición necesaria para obtener la segunda. La libertad no es algo distinto de la razón, sino algo que juega con ella junto con la voluntad. Al ser un valor en sí mismo, opera como requisito ineludible para hacer política. Es allí precisamente donde radica la defensa de la libertad política como base de una verdadera democracia, porque en su ausencia o defecto, el afán de igualitarismo pervierte la democracia en una tiranía de la mayoría, en la demagogia y en el populismo. El componente humano de libertad también se predica de la religión, que aunque no es el objeto de estudio de Tocqueville, sí opera como un elemento fundamental que dota a la sociedad de un sentido trascendente sin el cual caería en un materialismo colectivista feroz y expansivo.

La crítica que se le hace injustamente a Tocqueville por instrumentalizar la religión no es a mi juicio acertada. Tocqueville no es teólogo, ni su ocupación fueron los temas religiosos. Simplemente se limita a observar la sociedad americana y allí constata la importancia del papel de la religión, que nace de lo más profundo del hombre, su libertad interior. El vínculo con el Creador impulsa también los vínculos entre los ciudadanos. Ese “humus” religioso contrarresta los egoísmos humanos y sus fuerzas centrífugas que erosionan la vida común sin la cual la sociedad se descompondría en intereses privados y cortoplacistas. Tocqueville, a diferencia de los ilustrados ateístas, revolucionarios y exaltados de su tiempo, sabe ver los efectos benéficos de la religión cristiana. Y por esa razón prevé que la construcción iluminista de una Europa sin Dios no es sólo un proyecto antidemocrático sino una auténtica locura.

Nadie ha hablado mejor de la democracia que Alexis de Tocqueville. Pero tampoco nadie ha sabido criticarla mejor. La densidad, multiplicidad de ángulos, pliegues y repliegues de su gran obra dan para pensar y repensar sobre la democracia. Su lectura no tiene pérdida. A pesar de estar escrita en el primer tercio del siglo XIX, siempre será un referente para actualizar los fundamentos y medir si vivimos en una auténtica sociedad democrática basada en la separación de los poderes y en la participación política de sus ciudadanos. Su lectura es un test de control para comprobar cómo hemos abdicado en una tiranía de las mayorías, permitiendo que el espacio público sea invadido por un igualitarismo individualista cobijado entre las ubres de un Estado benefactor e intervencionista que lo asume todo, incluida nuestra humanidad.

P.S.B.

Una respuesta a “Ideas para una sociedad democrática en Tocqueville

  1. Me ha gustado mucho el comentario sobre el libro y las ideas sobre la democracia

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