Física y Espiritualidad

P.S.B.

En la aproximación entre las espiritualidades orientales y la ciencia moderna se presenta una dificultad derivada de la inexistencia en ellas del principio de no contradicción de la lógica clásica, base del razonamiento científico.

En el budismo y en el hinduismo opera otra lógica entre una proposición y su negación. Esto puede dificultar considerablemente su comprensión desde una mentalidad moderna y occidental. Hay que tener en cuenta que el principio lógico de no contradicción impera en la cultura occidental pero no en la oriental. Tiene una versión ontológica que consiste en que nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido; y una versión doxástica que afirma que nadie puede sostener al mismo tiempo y en el mismo sentido una proposición y su negación.

En el pensamiento occidental se asocia la categoría de verdad con aquello empíricamente demostrable y que se puede fechar, percibir, medir y verificar. Los hechos que no se pueden medir y situar en el espacio-tiempo se abandonan al mundo legendario, mitológico o imaginario. Pero en el pensamiento budista e hinduista no operan estos razonamientos lógicos de orden clásico. El nivel histórico y el ontológico se confunden, existiendo entre ambos niveles una frontera porosa, como se demuestra en  el rechazo a cualquier clase de cronología oficial en ambas tradiciones orientales. La concepción del tiempo en estas tradiciones no es lineal sino cíclica o circular, de ahí que la historia y el cosmos sean concebidos de manera tan diferente respecto de la visión cronológica, determinista y lineal de Occidente (Principio y Fin, Big Bang, Génesis, Juicio Final, Idea de Progreso etc.). De hecho, algunos autores observan una estrecha relación entre la física cuántica y el misticismo oriental en principios como el vacío, la indivisibilidad o la interconexión de todas las realidades.[1]

Tal vez el punto de fricción entre la ciencia moderna -predominantemente imbuida de cultura occidental- y el budismo se encuentre en el significado de causalidad y sus implicaciones éticas. En física, la causalidad se limita a describir la relación entre causas y efectos. Por el contrario, en el budismo la causalidad ha tenido siempre un significado espiritual, esto es, dotada de sentido. Los actos de cada sujeto tienen efectos y estos efectos volverán siempre al sujeto por la interdependencia entre éste y la totalidad del cosmos. Es la denominada “ley de la retribución moral de las acciones” o ley del karma.

Esta interdependencia entre espacio y tiempo, además de plasmarse en la concepción budista del vacío, se encuadra también en la idea del Universo como una totalidad indivisible. La interconexión entre todas las cosas, particularmente entre el observador y lo observado, constituye un eje central de la Teoría de la Relatividad y de la mecánica cuántica, como postula, por ejemplo, el Principio de Indeterminación de Heisenberg, por el cual la observación de un fenómeno puede acabar por alterarlo.

Dicha interconexión parte de un conocimiento que combina abstracción, razonamiento y experiencia con el fin de evitar el conflicto, la división y el sufrimiento, como se desprende de los textos de Dogen[2]. Este célebre pensador budista japonés del siglo XIII, en su obra “Epifanía de lo Absoluto”, no se entretiene en discusiones teóricas acerca de la existencia o inexistencia de Dios, sino que ofrece una solución para el sufrimiento humano, que nace de su propia comprensión de la naturaleza de la realidad y de la experiencia de la iluminación. Dogen, y por extrapolación el budismo en general, en paralelo a las teorías de la relatividad y de la física cuántica, consideran la situación del observador mismo como parte inseparable de la realidad física.

Según la Teoría de la Relatividad, no hay en el exterior algo absoluto como el tiempo, el espacio o la energía que sean independientes del observador. La física cuántica llega aún más lejos y plantea que nada es siquiera independiente del hecho mismo de la observación. La observación es la que crea el fenómeno, y este mismo no existe en sí, sin el hecho de su observación. Ambos planteamientos (espiritualidad budista y ciencia occidental) parece converger en el sentido de que no aceptan una visión del mundo como un lugar lleno de realidades absolutas. Es decir, en la inexistencia de observadores privilegiados. Cada observador mide unos valores y propiedades de la realidad, que son distintos de los que mide otro observador. Sólo hay una realidad y por tanto una verdad, pero múltiples puntos de observación y en consecuencia múltiples vivencias de esa misma verdad. Lo singular es que sea precisamente en el ámbito científico occidental, Europa y América del Norte (y por tanto de tradición judeocristiana) donde se estén formulando todas estas teorías físicas y no en la esfera de influencia cultural hinduista y budista, donde aparentemente podrían tenerlo más fácil debido a las analogías entre su espiritualidad mística y la investigación científica, principalmente desde el campo de la física teórica.

P.S.B.


[1] En “Tibetan Buddhism and Modern Physic”, el científico Victor Mansfielddescribe cómo el principio del vacío o sunyata (lo carente de realidad, sin identidad, lo deshabitado), núcleo filosófico del budismo tibetano, está íntimamente relacionado con la no-localidad cuántica y otras características fundacionales de la mecánica de la física subatómica. Antes de Mansfield, otros físicos exploraron la conexión entre la física moderna y las filosofías orientales. El primero en hacerlo fue el norteamericano de origen austriaco Fritjof Capra, que en 1975 publicó “El Tao de la Física”, en el que se exploraban las correspondencias entre las teorías de la física cuántica y tradiciones místicas como el Hinduismo, el Budismo o el Taoísmo. En esta obra, Capra demostró que la visión que poseen físicos y místicos presenta ciertos paralelismos y que la religión o el misticismo pueden acercarse a la ciencia.

[2] “Si salimos en barco a altamar y oteamos desde un punto en que no se vea tierra, se percibe el horizonte redondo. Sin embargo, sabemos que no es así, ni es redondo ni  es cuadrado el espacio del mar. Sus características no se reducen a estos dos adjetivos. El mar, visto desde dentro por los peces, parecería un gran palacio y visto desde arriba por los seres celestes, parecería una joya. Pero a los ojos del vigía es tan sólo un inmenso círculo. Lo mismo ocurre con todo. Tiene todas las cosas muchos aspectos, pero sólo los comprendemos en la medida en que nos hemos entrenado para percibirlos. Para conocer el aire familiar de todas las cosas no hay que quedarse como en el ejemplo anterior del mar, tan sólo en su redondez o cuadratura. Y esto vale no sólo para lo que está lejos sino para lo que tenemos a mano. Esto puede decirse hasta de una gota de agua”. Epifanía de lo absoluto (Para aprender a mirar) escrito por Dogen en 1233.

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