La cuestión del hecho religioso

P.S.B.

Las religiones tienen más en común que lo que les diferencia. Esto se debe a la función misma de la religión, entendida como religación (vínculo o unión), que se constituye en la propia naturaleza de todo ser humano y que le revela como un ser abierto y habitado por una presencia anterior y superior.[1]

Me parece certera la opinión de Juan Martín Velasco[2] cuando afirma  que donde existen indicios de vida humana, existen indicios de actividad religiosa, y que desde los orígenes más primitivos del hombre es un hecho verificable que la religión es una parte constitutiva de su naturaleza y por tanto de su historia. Desde esta perspectiva se predica que la experiencia religiosa es una conciencia de una presencia o poder misterioso que está más allá de la personalidad del individuo y que lo compromete totalmente como criatura. Implica descartar, por consiguiente, algunas interpretaciones sociológicas como la de la “conciencia colectiva” de Durkheim, porque reducen lo religioso a una categoría muy cercana al fenómeno social, como mera proyección simbólica de una identidad social o cultural.[3] La religión entendida como conciencia colectiva reduce lo sobrenatural a proceso social que expresa la hipóstasis del clan o grupo, una fuerza sui generis, inmaterial e impersonal que produce la sensación de poder y sacralización. Esa experiencia o fuerza se traspasa después al tótem o representación visible de lo sagrado, dando lugar al culto y al rito, a la cultura y al ritual. Esta visión “sociologista” me parece excesivamente reduccionista e imposibilita un diálogo interreligioso verdadero. Al prescindir de toda referencia a una realidad de trascendencia, la religión queda vaciada de su sustancia y razón de ser.

Pienso que se aproxima a un esquema más completo y ajustado a la realidad plural del hombre la teoría de Eliade, de la Escuela de Chicago, para quien lo religioso supone una toma de conciencia totalmente distinta de la que se queda en el mundo puramente empírico[4]. Desde esta perspectiva, la religión se halla relacionada con la experiencia de lo sagrado, su captación en medio de lo profano, lo cual requiere una ruptura de nivel ontológico. La persona religiosa, cualquiera que sea su credo, participa de un ámbito ontológico o nivel de ser totalmente diferente que el que no percibe más que las cosas en su profanidad. Es allí, a mi juicio, donde pueden acercarse las religiones y establecer un fecundo diálogo. Un diálogo que nace porque comparten la búsqueda humana de sentido y verdad, aunque exteriorizado a través de una pluralidad de hierofanías o manifestaciones de lo sagrado.

Esas respuestas, fórmulas, oraciones, doctrinas y teologías, así como las  éticas y cultos, cristalizan con el trascurso del tiempo en múltiples instituciones y formas sociales. Pero estas pluralidades de expresar lo parecido, en el fondo, reflejan la riqueza y complejidad misma del género humano. Por tanto, llegado a este punto, creo que lo mejor es  tomar partido por una posición que adopte como eje central la consideración del fenómeno religioso como algo constitutivo de la vida de los seres humanos, que a través de los siglos, han ido evolucionando y agrupándose para vivir ese deseo infinito de dejarse llenar por un Misterio que habita toda la realidad. No por casualidad, los místicos hindúes, cristianos, sufíes, judíos o budistas han coincidido en que lo central está en la unión de voluntades, de adhesión al orden del Ser que Dios, esa presencia superior y única, ha dejado impreso en toda la Creación y en cada ser humano.

P.S.B.


[1] Existen dos interpretaciones etimológicas sobre el vocablo “religión”: una de Cicerón (religere) en el sentido de recoger, recolectar o reunir; y otra propuesta por Lactancio y Tertuliano (religare), que se refiere a vincular, unir o ligar.

[2] Martín Velasco, Juan. Introducción a la fenomenología de la religión, 5º edición, Madrid: Cristiandad, 1993.

[3] “No puede haber sociedad que no sienta la necesidad de conservar y reafirmar, a intervalos regulares, los sentimientos e ideas colectivas que le proporcionan su unidad y personalidad”. Durkheim, Émile. Las formas elementales de vida religiosa. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial, 2003.

[4] Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las ideas religiosas. 1º edición, Madrid: Paidos Ibérica, 1999.

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