Acerca de la libertad religiosa

P.S.B.

La religión ha existido desde los orígenes del hombre, y nace de lo más hondo y sensible de él, su apertura a la trascendencia. Por eso el hombre necesita de una libertad interior para actuar tal como es en el mundo exterior. Si se anula esa originalidad que tiene y que le diferencia del resto de las especies, el hombre se deshumaniza y deja de ser él mismo.

Es por ello innegable antropológicamente que la religión, por su componente de libertad interior, tiene una naturaleza social que ha de ser manifestada colectivamente. Sin embargo, esa expresión social de la libertad interior originaria es un fenómeno reciente que se sitúa en el marco de la Modernidad, cuando la libertad religiosa nació en las colonias inglesas de Norteamérica en un contexto de coexistencia de múltiples confesiones que eran perseguidas en Europa.

Estados Unidos, al ser una nación fundada por peregrinos que huían de las persecuciones de los anglicanos en Gran Bretaña, se convirtió en el lugar donde por primera vez se legisló a favor de la libertad religiosa.[1] El reconocimiento puro y simple de las distintas confesiones se había dado previamente en Rhode Island desde su misma fundación[2] y luego en la colonia católica de Maryland, cuya Toleration Act  (1649) fue el primer documento sobre esta materia emanado de una asamblea popular. Posteriormente, en el Bill of Rights o Declaración de Derechos de Virginia de 12 de junio de 1776 y luego en la Declaración de Independencia de 4 de julio de ese mismo año se recogería la libertad religiosa en el catálogo de derechos de manera específica.

A diferencia de lo que ocurrió en América, en Europa la religión no se vinculó a la libertad sino a la opresión y a la guerra. Por eso, desde la Ilustración, todavía subsiste hoy la idea en ciertos sectores liberales, progresistas o neojacobinos de que la religión es un problema causante de graves conflictos como fueron las Guerras de Religión del siglo XVII. Este juicio, tan extendido como falaz -porque dichas guerras fueron principalmente disputas territoriales, económicas y políticas- ha servido de argumento de muchos intelectuales antirreligiosos y laicistas para cuestionar y negar la presencia pública de la religión. Por esta razón, lamentablemente, ha pasado a la historia “oficial” la versión que identifica lo religioso como algo que niega la libertad del individuo. Un concepto de religión como algo que oprime, deprime y reprime, que infantiliza a la masa y hace que el individuo esté ingenuamente sometido a una escala de valores que no puede elegir ni controlar.

Estas ideas y prejuicios, que hunden sus raíces en la Reforma, en las Luces y en la Revolución Francesa, asocian la libertad como ausencia de coacción e identifican como religión a toda aquella creencia en la trascendencia en la que el hombre pone su confianza y obediencia. Una obediencia lógicamente mayor que la que rinde al poder público[3]. Por eso el Estado Moderno (hoy su trasunto “Estado del Bienestar”) en su modalidad absoluta o leviatánica, se reviste de categorías sagradas y se presenta como benefactor del hombre libre, que se cree que haciendo uso de su razón individual subjetiva y de su autonomía de la voluntad, puede auto determinarse y de ese modo liberarse de sus ataduras externas, empezando por su propio Creador y por sus condicionamientos familiares, tradicionales, sexuales o educacionales. Esa rebelión antropológica y social monitorizada por ciertas estructuras de poder se consagra en una tolerancia relativista y nihilista que nada tiene que ver con los valores fundacionales de la libertad religiosa.

Al contrario, la libertad que no busca la verdad es libertinaje. La libertad opera como una premisa necesaria para que se pueda dar cualquier tipo de intercambio: comercial, cultural, religioso, tecnológico etc. Por eso, para que se pueda entablar un diálogo interreligioso fructífero se necesita de la Libertad, de manera que no se obligue a nadie a obrar contra su conciencia. El  problema fundamental radica cuando entre los Estados o grupos humanos no hay una reciprocidad en el grado de libertad religiosa que aplican de fronteras  hacia dentro o cuando en un Estado el laicismo excluyente es la legalidad imperante.[4] La conclusión subsiguiente que puede extraerse es que el dialogo interreligioso no puede operar sin democracia, pues sólo donde hay democracia es posible la libertad religiosa, en régimen de laicidad positiva, como queda patente en Estados Unidos, cuyo régimen político fue pionero a este respecto. Afortunadamente, hoy en día se reconoce esta libertad fundamental para todo ser humano. El problema es que sólo es una declaración formal, no vinculante, que no está garantizado en todos los países del mundo y adolece de aspectos defectuosos y muy cuestionables.[5]

Generalmente cualquier tipo de intercambio comporta una reciprocidad mutua. Por tanto, un dialogo de corte interreligioso requiere de un equilibrio basado en la libertad, de modo que los partícipes pongan su realidad en común para la búsqueda de la verdad. Sin libertad, el hombre no puede expresar lo que piensa y siente, lo bueno que hay en él. Y asimismo, sin libertad, tampoco hay riqueza, pues imposibilita la interacción y el alcance de un mayor grado de conocimiento. Sin libertad no hay comunicación y sin comunicación no hay verdad puesta en común, lo que termina aniquilando el sentido de la religión que es la unión de los hombres en Dios. Por eso no hay nada más genuinamente humano que la libertad religiosa.

P.S.B.


[1] No por casualidad la libertad religiosa es la raíz de la democracia de Estados Unidos.

[2] Roger Williams logró que en 1663 el rey Carlos II concediera a esta colonia plena tolerancia para todas las religiones, incluso las no cristianas, y plena libertad civil para todos los cristianos.

[3] A este respecto es paradigmático la figura del político humanista y santo inglés Tomás Moro, cuya fidelidad a Dios, a su religión y a la Iglesia le llevó a ser ajusticiado por orden del Rey Enrique VIII, que le consideró peligroso para el ejercicio absoluto de su poder.

[4] En bastantes países, los gobiernos intervienen activamente en la religión, con el fin de controlar a la sociedad. Los grupos que no ajustan a los parámetros religiosos oficiales son considerados sectas y perseguidos policial y judicialmente.

[5] La libertad religiosa es reconocida por el Derecho Internacional en varios documentos como el art. 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el art. 18 del Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos. El art. 27 de este mismo Pacto garantiza a las minorías religiosas el derecho a confesar y practicar su religión. De la misma forma lo hace la Convención de los Derechos del Niño, en su art. 14 y el art. 9 de la Convención Europea de Derechos Humanos.

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