Pensar el diálogo interreligioso

P.S.B.

El concepto de Diálogo Interreligioso (DI) resulta a priori algo escurridizo porque remite a realidades externas y difíciles de afrontar. Parece ciertamente complejo llegar a formarse una opinión general sobre este asunto y alcanzar una posición claramente definida. Esto se debe al desconocimiento que por lo general se tiene de otras realidades religiosas y culturales tan diferentes a la de nuestro entorno, suficientemente protegida por cómodas “burbujas” como la educación recibida, la propia familia, y la sociedad a la que se pertenece.

A este desconocimiento también contribuye el entorno cultural en que nos movemos en Occidente y particularmente en Europa, dominado por un creciente laicismo y relativismo, que tiende a arrinconar lo religioso en la esfera privada del individuo. Esto, junto con el materialismo de la sociedad moderna occidental, hace que la diversidad cultural y religiosa sea observada, en el mejor de los casos, desde un plano de interés turístico o cosmopolita. Sin ir más allá.

Sin embargo, el fenómeno religioso nunca puede llegar a ser para ninguna persona algo totalmente ajeno, pues quién más o quién menos, seguramente ha tenido algún contacto, alguna influencia o algún estudio o aproximación a la religión, por mínimo que sea. A pesar de algún cierto contacto previo con la religión, el tema del DI es un tema delicado. Cuando se oye hablar de DI se tiende, por inercia, a relacionarlo y confundirlo con globalización, multiculturalismo, alianza de civilizaciones, inmigración y conflictos. En el fondo, se tienen dudas acerca de cómo unas religiones tan diferentes pueden establecer un diálogo horizontal y fructífero sin hacer proselitismo o quedarse en una posición cerrada, sorda e inmóvil. Se representa a primera vista algo utópico e irreal un diálogo donde prime la escucha y la comprensión mutua y no el dogmatismo o el relativismo.

Con frecuencia, los textos religiosos y espirituales que por cercanía cultural uno puede acceder suelen tener como eje fundamental una religión central. Esto aporta en gran medida una visión parcial del fenómeno religioso y un déficit de conocimiento en otras tradiciones y culturas. Además, lógicamente, se adquiere una visión positiva de una religión y un sentido menos positivo del resto de las religiones monoteístas reveladas y de otros fenómenos como las sectas.[1] Por otra parte, en cuanto a las religiones orientales, singularmente budismo e hinduismo, para un occidental pueden parecer atractivas por su exotismo. Nos llaman la atención su estilo literario, su lejanía y heterogeneidad. No obstante, se hace muy complicado profundizar intelectualmente en ellas si no se viven espiritualmente[2].

Hay que comprender que el DI requiere de unas aptitudes y una experiencia personal que ninguna otra disciplina humana puede abordar adecuadamente. El diálogo, por su propia significación, requiere tener una visión abierta ante la diversidad de caminos de salvación, porque de lo contrario correría el riesgo de convertirse en un monólogo o en un diálogo de sordos.[3] Requiere una actitud interior, una ascesis personal, de querer aprender y comprender al otro en su diferencia, sin necesidad de transformarlo. De esa manera se pueden plantear soluciones a los conflictos humanos, tan abundantes y complejos en una sociedad globalizada, materialista y a menudo cruel y desalmada por culpa de múltiples conflictos de intereses.

Si bien la religión ha sido el detonante de muchos conflictos bélicos a lo largo de la historia humana, también es cierto que es fuente de entendimiento, desarrollo y superación de injusticias.[4] De hecho,  a menudo la religión se ha instrumentalizado por algunas estructuras de poder para servir a causas políticas y económicas, alimentando el odio y la sinrazón en los fieles y súbditos de dichas estructuras jerárquicas y alienantes.

La multiplicidad de credos y ofertas de salvación  plantea a los creyentes el desafío de abordar un diálogo que enriquezca y que no empobrezca, y así buscar soluciones para la convivencia pacífica y no para una  simple coexistencia. Precisamente ese es el dilema que nos plantea el DI.

Algunos eluden el problema desde el exclusivismo integrista que reniega de las verdades ajenas porque piensa que son equivocaciones. Es una postura arrogante. Otros, desde un relativismo nihilista, niegan que haya un punto objetivo desde el que valorar la validez de algo. Los relativistas afirman que todo fenómeno religioso se compone de emociones, juicios subjetivos, opiniones, culturas y diversidad de supersticiones. De esta postura tampoco puede surgir un diálogo próspero porque al final se acaba aceptando la verdad de la mayoría, la verdad consensual que se impone legalmente por supremacía de unos sobre otros y que puede estar sujeta a modificaciones según la coyuntura o pensamiento predominante. Estas dos vías de afrontar la pluralidad de religiones son profundamente incorrectas y sus consecuencias muy negativas en el plano social.

Desde mi punto de vista, lo más conveniente (y convincente) es afrontar el problema desde la escucha del otro, entender lo que quiere decirnos y luego comunicarle las ideas que nosotros queremos transmitirle de  tal manera que las comprenda. Todo ello sin caer en el proselitismo, pues dañaría la presunción de buena voluntad que debe presidir todo intercambio.

Por otra parte, existe un riesgo de carácter político que está relacionado con el DI. Consiste en la tentación teórica y filosófica de construir una Religión Universal. Esa creación que algunos intelectuales y pensadores han elucubrado y promovido a lo largo de la historia no me parece que sea el fin deseable ni la aspiración legítima del DI por muchas razones. La principal es que el fin del DI es tender puentes entre la unidad y la diversidad para la resolución de aspectos conflictivos que afectan a la convivencia, y no erosionar ni mezclar tradiciones y ritos milenarios. La expansión de un modelo religioso global homogeneizado no sería una práctica inteligente porque supondría subordinar la religión a la política y ponerla al servicio de intereses ideológicos que buscan manipular conciencias para acrecentar el control social. En otras palabras, se podría intuir que bajo el revestimiento de tolerancia y democratismo universal, se ocultarían unas intenciones y unos intereses de desarme moral y uniformización de la sociedad que facilitarían el control de las mentes y por tanto de la voluntad de los individuos[5]. Al contrario, pienso que el objetivo del DI es comprender al otro, conocer la diversidad de la realidad y de esa manera sortear las diferencias. No se trata de cambiar al otro, ni plantear un diálogo como fase previa a la posterior y decisiva fase política. Entiendo el DI como colaboración y no como negociación cultural. Poner lo que hay en común (que es mucho) y reconsiderar las líneas divisorias que artificialmente hemos puesto los seres humanos y que tanto sufrimiento han generado.

Sin embargo, aunque en la teoría la idea es muy deseable, la duda persiste en la práctica en torno a  dos preguntas que se pueden formular a continuación:

¿Cómo estar abiertos  a los otros sin caer en el relativismo?

¿Cómo permanecer fiel a las propias convicciones sin caer en una actitud de exclusivismo fundamentalista?

Lo fácil es ser relativista o fundamentalista. Lo difícil es plantear el diálogo interreligioso en los términos antes señalados. Esta dificultad era precisamente lo que me inquietaba y me sigue inquietando acerca de las posibilidades reales de un fructífero DI e incluso en el seno de las mismas religiones.

P.S.B.


[1] Aprovecho esta nota para clarificar que en este trabajo no se entiende como hecho religioso el fenómeno de las sectas. Aunque ningún grupo se reconoce a sí mismo como secta, estas últimas tienen desviaciones esotéricas, secretas,  iniciáticas y fraudulentas, y por tanto, se alejan de los fines que caracterizan a toda religión.

[2] En el mismo sentido se expresa H. Saddhatissa para el caso del pensamiento budista en Europa, donde “los excesivos tecnicismos o el subjetivismo interpretativo han distorsionado las enseñanzas de Buda hasta hacerlas muchas veces irreconocibles; tal vez esto explique en parte el nacimiento de algunos movimientos supuestamente orientalistas que han terminado en el aislamiento y la despersonalización esquizoides o convertidas en modas superficiales y miméticas”. Saddhatissa, H. Introducción al budismo, 2º edición, Madrid: Alianza Editorial, 1979.

[3] Según el diccionario de la RAE: el significado de la palabra “diálogo” (del lat. dialŏgus, y este del gr. διάλογος) es: 1. m. Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos; 2. m. Obra literaria, en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia entre dos o más personajes o 3. m. Discusión o trato en busca de avenencia.

[4] Por ejemplo, se tiene constancia histórica que en Toledo durante la Edad Media convivieron pacíficamente las tres culturas (cristiana, judía y musulmana). Por su riqueza cultural y tolerancia, acudieron muchos sabios de toda Europa, algunos de los cuales crearon en esta ciudad la célebre Escuela de Traductores. Con el reinado de Alfonso X, Toledo se convirtió en una ciudad de intensa actividad artística y científica.

[5] En el mismo sentido se expresa Javier Barraycoa en su ensayo “Sobre el poder en la modernidad y en la posmodernidad” (Scire, 2003).

Una respuesta a “Pensar el diálogo interreligioso

  1. Los rabinos festejaron jubilosos la entronización de Francisco I, porque continuara abiertamente la judaización apostata del cristianismo, promovida sutilmente por sus antecesores: El carisma del Pontífice Juan Pablo II, lo ayudó a soterrar su labor judaizante de la Iglesia post conciliar, al opinar que lo judíos son nuestros hermanos mayores en la fe__ siendo acérrimos enemigos de Cristo, la Iglesia y los pueblos cristianos__ Abrogando sutilmente los Evangelios y cánones antisemitas surgidos en los concilios en defensa de la Iglesia. Difiriendo de la sentencia culposa dictada por Cristo [Mateo XXIII, 1 al 35] en su diatriba contra la santidad hipócrita de los rabinos, donde señaló como reos de pena eterna a los seguidores de la doctrina y la conducta judía. Apostasía que amerita la revisión jurídica del diferendo pontificio a la luz de los genocidios seriales bíblicos e históricos cometidos por el pueblo judío, a fin de determinar la vigencia del ad quem recurrido}__ que decidirá la victoria o derrota del cristianismo y, la trascendencia o la involución de la humanidad. Labor apóstata judaizante que ha sido continuada y culminada por Benedicto XVI al beatificar a Juan Pablo II. http://es.scribd.com/doc/73946749/jaque-mate-a-la-doctrina-judaizante-de-la-iglesia

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