Un sueño: relato de un inmigrante

Blas Atheneo

 Un sueño: relato de un inmigrante

 Introducción

 Esta no pretende ser una historia triste, ni en absoluto dejar un gusto amargo en el lector, simplemente pretende reflejar una situación que por desgracia es el “pan nuestro de cada día” de cada vez más personas que se acercan a la mesa del primer mundo para recoger las migajas de una banquete en el que se consume sin medida ni mesura y que desperdicia, de manera alocada, aquello con lo que los más desfavorecidos podrían vivir perfectamente. Este acercamiento que se realiza en ocasiones con unas expectativas que en muchos casos distan bastante de la realidad, en numerosas ocasiones acaban mal, bien por la dificultad y las trabas inherentes y propias de las diversas situaciones, bien producto de la incomprensión y la intolerancia de la gente.

En este relato, completamente ficticio, y en algunas partes completamente irrealista para hacerlo más estético,  se intercalan frases o situación que he podido escuchar o ver en mi corta experiencia como voluntario en el comedor social San Francisco de Asís, situado en la madrileña calle General Asensio Cabanillas del universitario barrio de Moncloa. Del mismo modo, se han intercalado de manera encubierta en las manifestaciones de algunos personajes, opiniones y reflexiones de temas relacionados, con el fin de que este relato satisfaga en mayor medida los objetivos que se pretenden.

Tampoco, y conviene remarcarlo, ni todos los inmigrantes que viene a España acaban tan mal, ni viven de esta forma tan precaria. Este relato simplemente pretende ser un reflejo concreto y pretende aglutinar en una misma persona muchos de los clichés y tópicos de un marginado, algo así como “el prototipo” de marginado.

1 Presentación

La historia que vamos a relatar a continuación es la historia de un inmigrante, que como cualquier otro, vino a España para poder ayudar a sus hermanos  (dos chicos y tres chicas) que tras el reciente fallecimiento de su madre, han quedado completamente huérfanos y en una situación más precaria aún que en la que estaban cuando falleció su padre hacía ya catorce años. Ángel, que así es como se llama nuestro protagonista, nació en Perú hacía ya 19 años, en una familia muy humilde de un pueblecito cercano a Lima. Las vicisitudes de la vida hicieron que su padre falleciera en un accidente laboral en una siderúrgica, sin embargo, el hecho de que sus hermanos mayores estuviesen trabajando, y de que una pequeña comunidad de misioneros capuchinos tuviese su localización en la comarca a la que pertenecía su pequeño pueblo, le brindó la oportunidad de que gracias a su caridad pudiese terminar los estudios básicos con tan gran éxito, que el estado peruano le concedió una beca en la universidad Científica del Sur, en la carrera de ingeniería agrónoma. Aunque su familia no era ni muchísimo menos rica, el hecho de que tuviese hermanos mayores le proporcionó un balón de oxígeno a la economía familiar para que se pudiesen permitir el lujo de tener un hijo que no aportase nada, para poder tener un hijo al que dar un futuro diferente, unos estudios que le permitiesen prosperar en un país en el que salir adelante se hacía cada vez más difícil.

El inicio de la universidad se presentó muy prometedor. A Ángel le conocieron muy pronto todos los profesores y personal del centro, no únicamente por sus notas, las cuales eran extraordinarias, sino también por su amabilidad para con todo el mundo. Entre los compañeros enseguida se hizo muy popular por su bondad y disposición para explicar a sus compañeros dudas que les surgieran en clase. Pero todo eso cambió muy pronto, pues la madre de Ángel cayó muy enferma y finalmente falleció dejando a seis hijos, Ángel y sus cinco hermanos, sin un sueldo que en la familia era fundamental, por lo que se hizo necesario que Ángel dejase los estudios para que pudiese aportar algo a la maltrecha economía del hogar. En ese momento, la prometedora carrera académica de Ángel quedó truncada.

2 El funeral de la madre

 Ángel volvió a su pequeño pueblo para asistir al funeral de su madre e instalarse allí definitivamente en busca de algún trabajo que le permitiese a su familia y a él sobrevivir. La muerte de su madre le había causado un gran dolor que desde que había llegado a su pueblo se había hecho más patente. Desde que le había llegado la noticia de su fallecimiento, todo había transcurrido muy rápido: la despedida de sus profesores, de sus compañeros de clase y de residencia, el asumir la nueva situación… todo ello le había impedido asimilar la muerte de su madre y acallar un dolor que se hizo más patente en cuanto llegó a su pueblo. Al terminar el funeral, el sacerdote que había oficiado el acto, uno de los frailes capuchinos de la comunidad, viejo conocido de la familia y uno de los que más le ayudaron cuando había fallecido su padre, tanto anímicamente como materialmente para que Ángel pudiese realizar los estudios necesarios para así poder entrar en la universidad. Viendo el gran dolor que había en el corazón de Ángel, y todo lo que le había supuesto la muerte de su madre en cuanto a hipotecar su futuro se refería, Fray Pacífico, que así es como se llamaba el capuchino, se acercó a él al terminar el oficio y le dijo:

–          Angelito, has sido como un hijo para mí en tanto en cuanto te he visto corretear por las callejuelas cuando eras pequeño, jugar, echarte tus primeras novias… en definitiva te he visto crecer y te he visto triunfar en los estudios, como aquel maravilloso día, cuando el cartero te trajo la carta de que habías sido admitido en “la científica”, los demás frailes y yo lo recibimos como un éxito nuestro. No quiero verte triste de ninguna de las maneras, piensa que tu madre está en el cielo, en compañía del Señor, y estará en un lugar muy agradable y en presencia de aquellas personas a las que tanto amó en vida y que tampoco se encuentran ahora entre nosotros como tu padre, tu abuelo… Hijo, aunque este hecho te parezca incomprensible, piensa que el dolor es un misterio de la vida y que los caminos del señor son inescrutables. Tarde o temprano, te reunirás de nuevo con ellos.

–          Espero que más bien sea tarde- respondió Ángel con una  sonrisa.

Y ambos rieron, pero en el fuero interno de Ángel, las últimas palabras del fraile quedaron grabadas a fuego.

3 La decisión

Pasado el funeral, las cosas en casa de los Cortez no fueron a mejor. El dinero empezó a escasear y Ángel no encontraba trabajo. La crisis económica en la que había desembocado el clima de inestabilidad social producto de las reformas de otro gobernador déspota de los que desgraciadamente empezaban a aparecer de nuevo en Sudamérica, empezaba a hacer mella en la población peruana. Las cosas empezaron a tornarse insoportables, y a Ángel no le quedó más remedio que tomar una difícil decisión, posiblemente la más difícil de toda su vida, y la que sin duda marcaría irremediablemente su destino: dejar familia, amigos y conocidos para ir a España y encontrar un empleo con el que ayudar a sostener a la familia. 

4 España, tierra de oportunidades

La llegada al aeropuerto madrileño de Barajas fue muy dura. Cuando llegó al control aduanero, tras decir al guardia civil que venía a España veinte días por motivos vacacionales y le enseñó la reserva que había realizado por Internet, éste le dedicó una mirada escrutadora que transmitió a Ángel su conocimiento de que no era cierto, de que aquella persona con pasaporte peruano no iba a allí a pasar sus vacaciones de veinte días precisamente, sino a trabajar ilegalmente. Eso a Ángel le hizo sentir incómodo, pero esa incomodidad se convirtió en una sensación de alivio, y en cierta medida de triunfo, cuando el agente le devolvió el pasaporte y gritó: “¡siguiente!”. Esa situación debería ser tan habitual en los aeropuertos españoles, pensó Ángel, y los agentes tendrían tan pocos medios para evitarlo, que su sensación debería de ser de frustración al no poder hacer su trabajo, y simplemente cerciorase de que el pasaporte estaba en regla y que la reserva era verídica.

Al salir del aeropuerto, Ángel tomó un taxi con un billete de 50 euros que había cambiado en el aeropuerto de Lima antes de embarcarse en el avión. Le indicó al taxista la dirección del hostal que había contratado por Internet desde Perú por veinte días.

El hostal, aunque no era un palacio, estaba en una calle muy céntrica de la capital española, y por un módico precio ofrecía una habitación cómoda y limpia, comida e Internet, lo que hasta cierto punto le facilitaría las cosas a la hora de comunicarse con su familia y también le proporcionaría una herramienta útil para encontrar trabajo. Ángel llevaba lo justo para pagar aquello que había contratado por Internet desde su país, y después de esos veinte días de “vivir de las rentas” de lo que traía de Perú, esperaba encontrar un trabajo que le permitiese sobrevivir de la manera que fuera, y lo más importante, ayudar a sus cinco hermanos y a su abuela, que les había acogido en su casa después de la muerte de su madre, ya que decidieron vender la casa familiar para así subsanar en cierto modo los gastos del viaje de Ángel a España y ayudarles a contrarrestar el déficit de ingresos que se había producido en la familia tras la muerte de la madre.

Ángel no tenía duda que los planes que había trazado saldrían bien, después de todo, la imagen que se tenía desde Perú de la situación de España era de una abundancia y una facilidad para encontrar trabajo sin comparación con la situación peruana.

Al llegar al hostal, Ángel se encerró en la habitación dispuesto a descansar después del largo viaje. La interminables horas de viaje le habían dejado un fuerte dolor de cabeza y un cansancio de músculos que le invitaban a meterse en la cama sin cenar, después de todo había comido de forma abundante durante el vuelo hacía sólo cuatro horas. Ángel se acurrucó en la cama pensando en las oportunidades que se le abrían ante los ojos ahora que se encontraba en un país tan próspero y con una economía tan boyante como era España. Se sentía muy feliz de poder ser la esperanza de futuro de la gente a la que más amaba, su familia. 

5 La dura realidad

España no era precisamente la tierra de la que emanase leche y miel, tal y como había imaginado antes de embarcarse en esta aventura de muy difícil retorno debido a sus estrecheces económicas. Ya sólo le faltaban cuatro días de estancia en el hostal y no había encontrado absolutamente nada. En la mayoría de los sitios pedían permiso de residencia y estancia para poder trabajar, y en aquellos en los que no, o por una razón o por otra no había manera humana de que lo pudiese hacer bien.

Un ejemplo claro era el siguiente. Al décimo día aproximadamente de su llegada a España, había conseguido trabajo en una obra, pero sin lugar a dudas, Ángel no valía para ello. Físicamente era bastante débil ya que en Perú llevaba un estilo de vida más acostumbrada al estudio, y la obra era demasiada dura, y más aún en Agosto, aun así, decidió probar suerte. Después de estar tres horas y media trabajando subiendo sacos de cemento a un tercero, empezó a sentir un leve mareo, un mareo que aunque no le impedía seguir trabajando sí que le hacía ver la realidad circundante como en tercera persona, como si en cierta medida parte de lo que percibía se quedase desperdigado por el camino entre sus sentidos y el cerebro, era en definitiva, como si su cabeza no pudiese procesar todo lo que ocurría a su alrededor, pero no se lo comentó a nadie, después de todo no conocía a nadie y no quería molestar al capataz al quién estaba realmente agradecido, pues era la única persona que le había dado trabajo en los diez días que llevaba en España, y no le quería causar problemas.

A Ángel el capataz le había parecido una persona muy amable, desde el momento en que se ofreció como trabajador en la obra le había recalcado lo que se arriesgaba contratando ilegales como él, y que por lo único que lo contrataba para ese día era por caridad y por ayudarle, ya que se sentía muy afectado por las difíciles situaciones que atravesaban los inmigrantes cuando llegaban a un país extranjero sin papeles, aunque luego comprobó para su sorpresa que la gran mayoría de la gente que allí  trabajaba, incluidos los obreros con formación, eran ilegales, lo que le hizo dudar hasta cierto punto de la sinceridad de las intenciones del capataz.

Finalmente, dos horas después de que sintiese los primeros síntomas de que algo en él no iba bien, sintió como un fuerte calambre en el brazo seguido de una nublazón en la vista, dejó caer la carretilla que transportaba llena de sacos de cemento y cayó con un fuerte estrépito sobre el andamio que hacía de rampa para la carretilla en el acceso al edificio.

Al despertar estaba rodeado por muchos compañeros. Al ver que retornaba en sí, Ángel pudo ver como sus caras reflejaban alivio y alegría. Le dieron de beber una bebida dulce con cierto sabor ácido, y cuando se incorporó vio al capataz que con una sonrisa nerviosa le dijo:

–          Qué bueno que hayas vuelto en sí, por un momento creí que habías sufrido una insolación y tendría que llamar a una ambulancia. Eso, en fin, me podría haber traído ciertos problemillas legales… Pero me alegra que ya estés bien. En fin, tan pronto como te recuperes, pásate por mi caseta, allí al lado, donde se encuentra aquella hormigonera- dijo el capataz dándose la vuelta y señalando una hormigonera blanca que se encontraba en funcionamiento-y te pagaré el jornal de hoy.

Después de pasar un rato recuperándose y bebiendo bebida isotónica para recuperarse de la bajada de azúcar, Ángel se decidió por pasarse por el puesto del capataz de la obra, del cual albergaba cada vez más dudas acerca de su sinceridad y bondad. Al entrar en su pequeño despacho, el cual tenía un aire plomizo bastante cargado de humo de cigarro, Ángel le reclamó aquello por lo que había estado trabajando todo el día. El capataz sin dirigirle tan siquiera la mirada, sacó de una pequeña caja metálica, en cuya cerradura había clavada una pequeña llavecita, nueve euros, y se los entregó. Ángel, al ver esa miseria, se indignó, y enfurecido le dijo al capataz:

–          Usted lo que es, es un explotador, intenta hacer negocio de la miseria humana.

El capataz, mostrándose indignado, como si una alimaña, o como algo infrahumano se hubiese atrevido a recriminarle algo que no tenía derecho a reclamar, le respondió:

–          Si tienes algún problema vete a decírselo a la policía- Y al terminar de decir estas palabras que se clavaron en el corazón de Ángel como un puñal, ya que reflejaba que después de todo, no tenía derechos para nada, y si los ejercía pesaría sobre él un expediente de repatriación, el capataz empezó a reírse entre dientes.

Ángel no quiso seguir perdiendo el tiempo y se marchó. Mientras salía, se dio cuenta de qué manera tan demoníaca esa persona se había ganado su confianza y ni tan siquiera cayó en la cuenta de preguntarle cuánto iba a ganar trabajando, claro que en la situación en la que se encontraba, tampoco podía optar por algo mejor o por ponerse exigente. Simplemente, tendría que trabajar en aquello que le fuese surgiendo, pero eso no quitaba para que el  capataz se hubiese aprovechado de él, para que el capataz fuese otro saco de basura con forma antropomorfa más que hacía dinero, bien para él, bien para sus superiores, aprovechándose de la miseria y la desgracia humana. Gente como esa eran los que también hacían que aquellos derechos por los que habían luchado durante tantísimos años los trabajadores españoles, con tantísimo esfuerzo y sacrificio, estuviesen siendo dilapidados por la entrada de mano de obra esclava. Gente como ese capataz estaban creando las lonjas de esclavos del siglo XXI.

6 Una realidad que no se esperaba

Habían pasado dos meses desde que Ángel había llegado a España, y se encontraba en la más absoluta de las miserias. El último e-mail que había podido mandar a su familia, estaba llenito de cosas que no se adaptaban precisamente a la realidad que había y que estaba viviendo Ángel. Pero todo ello era para que no sufrieran, para que no se preocuparan innecesariamente por él, ya que después de todo, con lo lejos que se encontraba su familia no había manera de que pudiesen ayudarlo.

Ángel, dormía en la calle, con otras muchas personas que se encontraban en la misma situación que él, gente que sufrían algún tipo de problema mental, habían caído en una espiral de drogas y alcohol, o simplemente que habían tenido mala suerte. En ocasiones eran gente que habían tenido que huir de un entorno hostil: violaciones, malos tratos, incomprensión…

Ángel sobrevivía de las ayudas y de la caridad de la gente, especialmente de un comedor social que se encontraba en la calle Asensio Cabanillas y que era regentado por una persona extraordinaria: la hermana Socorro. Ésta les ofrecía a todos los “comensales”, tal y como le gustaba decir a ella, no solamente comida caliente y en abundancia, sino también ayuda económica, ayuda hasta cierto punto laboral (siempre que se pudiese hacer algo) ponía a la gente en contacto con otros centros (roperos, albergues, duchas y baños…) y lo más importante para una persona que se encontraba en una situación de exclusión social, que era la comprensión, la cercanía y el cariño a través de la conversación que ofrecían voluntarios. Voluntarios como Raúl y como Luis que ofrecían su experiencia profesional en la hostelería para colaborar en la cocina del comedor. Voluntarios como Daniel, que sacrificaban parte de su tiempo de vacaciones para ayudar a los demás de forma totalmente desinteresada.

En el comedor social también había conocido a mucha de la gente con la que solía compartir las largas noches, esas largas noches en las cuales había que estar más pendiente de si llegaba algún trastornado a prenderles fuego o a apalearles que de descansar y dormir. En verdad era una vida tremendamente estresante, y más de ir sobreviviendo día a día que de vivir de manera relativamente despreocupada, dentro de la gravedad de una situación como es la del sin techo. La gente que allí había conocido era de toda condición: habían inmigrantes como él, gente que les habían abandonado sus respectivas parejas y habían sufrido una crisis financiera como consecuencia de la separación, gente adicta a distintas sustancias, gente que había tenido que huir de un hogar roto, de malos tratos… en especial le llamó la atención las historia de Diego, un anciano de unos 74 años y que había tenido que huir de su casa ya que su hijo les maltrataba a sus nietos, a su nuera y a él.

En numerosas ocasiones Ángel hablaba con Diego ya que éste era una persona agradable y culta con la que le gustaba hablar sobre todo tipo de cosas. Le gustaba sentarse con él en los bancos de plaza de España y hablar sobre lo que les podría deparar el futuro. Sin lugar a dudas, era una persona que había adquirido mucha experiencia y sabía de todo. En una ocasión hablando con él acerca del problema de los malos tratos, le habló de su propia experiencia, de que a partir de una depresión que tuvo su hijo como consecuencia de la muerte de su madre (la mujer de Diego) y de unos problemas laborales.

A partir de entonces todo cambió en casa. El hijo de Diego se empezó a mostrar arisco y distante con todos los miembros de la casa, las discusiones y los gritos se había convertido en la música de fondo de sus vidas y regañaba muy a menudo a sus hijos de manera injustificada, al final empezó a pegar, a imponer su voluntad a la fuerza y con violencia a todos los miembros de la casa. Finalmente su nuera se separó de su hijo y volvió con sus padres. El juez ante las evidencias favoreció en la separación a la madre, que se quedó con casi todos los bienes familiares y la custodia de los hijos, por lo que a Diego no le quedó más remedio que irse de casa, ya que su nuera de ninguna de las maneras le podía mantener, su pensión era bastante escueta y con su hijo de ninguna de las maneras se podía quedar. Aunque al principio estuvo viviendo en pensiones, finalmente se vio abocado a comer de la caridad de comedores sociales y a dormir en albergues y en la calle. Nadie pudo ni quiso hacerse cargo de un anciano en unos momentos tan críticos y las administraciones públicas no le dieron ninguna solución.

Ángel, reflexionado acerca de esta historia, no podía, a pesar de que no conociese toda la fenomenología del problema y de que posiblemente se equivocaba, ver un cierto trato injusto en situaciones que aparentemente eran las mismas: si un hombre maltrataba a una mujer, eso era la denominada violencia machista y la mujer, desde el momento en el que se comprobaba la veracidad de la denuncia se acogía a una serie de ayudas y protecciones. Sin embargo, si un hombre agredía a otra persona de su entorno doméstico, ésta ya no disponía de las mismas ayudas, y si era la mujer la que agredía al hombre, ocurría exactamente igual.

Ángel pensaba que no se abordaba realmente el problema de fondo, que no era ni una cuestión de machismo ni de feminismo, sino simplemente, una cuestión de mala educación, de no control de la agresividad y de la frustración, y que ello no desembocaba en un maltrato de género, ni mucho menos en un maltrato machista, sino simplemente en un maltrato que se ejercía en aquella persona débil y que se tenía más a mano. Incluso en parejas de homosexuales se daban casos de malos tratos y ahí no había género que valiese.

De hecho, un dato bastante revelador de que la lucha contra la violencia de género se estaba enfocando de manera equivocada según la perspectiva de Ángel era que, aunque el número de denuncias estaba creciendo, cosa que sí que se puede tomar como indicador de que la situación iba a mejor, ya que no se debía de tomar como un indicador de que eran más las mujeres maltratadas, sino más el número de mujeres que se atrevía a denunciar, sí que se podía tomar como indicador de que el problema estaba siendo mal abordado el número de mujeres que habían fallecido a manos de sus parejas. Para Ángel no era una cuestión de sexo, sino de educación. El querer pintarlo como un problema de exclusión de género, desde la perspectiva de Ángel, era no enfrentarse el verdadero problema.

7 Culpables de la exclusión

 Para Ángel la exclusión no era casual, sino que era, por una lado, una consecuencia, y por el otro, una necesidad. Una necesidad en tanto en cuanto para la economía era muy beneficiosa la mano de obra esclava. En muchas ocasiones, y no sin razón, los políticos de los países receptores de inmigrantes, paraban ciertos conatos de racismo con la frase de que la economía había crecido gracias a  la mano de obra inmigrante, pero lo que se les olvidaba decir, es que ese crecimiento global que se experimentaba en la economía era porque unos pocos se beneficiaban de la miseria de muchos, aprovechándose de la dificultad de la situación de la persona inmigrante, explotándola y dejando en paro a los españoles que harían el mismo trabajo pero a un mayor coste de producción. Eso empobrecía al explotado y empobrecía al español o al inmigrante legal que hacía el mismo trabajo por menos dinero, pero enriquecía mucho a los empresarios que, creando las “lonjas de esclavos del siglo XXI”, ahorraban en seguridad social, en protección de riesgos laborales, en salario y en un largo etcétera al contratar a un ilegal.

La exclusión en el mundo de la inmigración también era una consecuencia. Estaba claro que Ángel, al igual que muchísimos inmigrantes que se juegan la vida en el estrecho todos los días o hipotecan a su familia por muchísimos años por pagar a una mafia, no lo hacía por gusto precisamente, lo hacían simple y llanamente por necesidad. Ahora bien, esa necesidad era en muchos casos por culpa de los “sátrapas” que gobernaban en los países de origen y que o bien bloqueaban o bien se quedaban para sí mismos las ayudas que la comunidad internacional mandaba en concepto de ayuda, o no hacían nada por mejorar las condiciones de vida del pueblo al que gobernaban. Ángel no consideraba que fuese casual el hecho de que África fuese el continente más pobre, y que menos de diez de los cincuenta y dos países de África fuesen democráticos. Además recordaba el testimonio que le dio una vez Samuel, un africano amigo suyo, que había conocido estando en la calle y que a pesar de vivir en uno de los diez países democráticos africanos, decía que la corrupción allí era desmesurada, hasta tal punto que un gobernante africano podía llegar a tener incluso doscientos coches de gama alta para disfrute personal[1].

8 Muerte por intolerancia

 La preocupación de Ángel no se limitaba a buscarse el sustento en su día a día, sino también en “procurarse su propia seguridad”. Desde que había llegado, incluso antes de acabar en la calle, en el hostal o incluso en algún trabajo que había tenido, o en simple relación con otras personas le habían prevenido acerca de la violencia que algunos desaprensivos ejercían contra otras personas por el único motivo de tener distinto color de piel o por dormir en la calle. Lejos de la imaginación de Ángel estaba el hecho de que él fallecería por culpa de esos animales.

Ocurrió yendo sólo por la zona de Moncloa un viernes por la noche. A pesar de que a Ángel de habían advertido de que esa zona los día de fiesta era bastante peligrosa, ya que era una de las zonas preferidas para una tribu urbana de ideología nacional-socialista, de origen británico llamada “Skinhead”, Ángel hizo caso omiso, ya que cerca había varios parques muy poco transitados que se encontraban cerca del comedor social de la hermana Socorro, lo que le permitiría descansar más. Cuando acababa de cruzar la calle de la Princesa, un grupos de unos quince jóvenes con la cabeza rapada y de estética visiblemente paramilitar le abordaron, empujándole a una boca de metro. Le estuvieron propinado patadas durante un rato que a Ángel le pareció interminable hasta que uno de los jóvenes le dio un fuerte golpe en el pecho, que le cortó la respiración. Al retirar el joven la mano, Ángel vio como de su pecho brotaba sangre en abundancia, miró a los ojos del joven que le había apuñalado, unos ojos llenos de odio, unos ojos que denotaban la maldad que el ser humano, guiado por lo más oscuro de su ser, puede llegar a almacenar. Al instante, su visión se fue nublando, como oscureciendo, y finalmente, durmió para siempre.

Al despertar, se encontraba recostado en una cama, una cama que le era familiar. Era la cama de cuando era niño en la casa de cuando era pequeño, en la que vivían antes de que su padre falleciera. El olor a césped mojado procedente del jardín inundaba la pequeña habitación situada en la planta baja de la casita. En el momento en que se incorporó, entró su madre, y le dijo lo que siempre le decía cuando se despertaba, en los días de verano, cuando era pequeño. También entraron a la estancia el abuelo y el padre de Ángel, y entonces comprendió donde se encontraba en el momento en que recordó las palabras de Fray Pacífico: “En el cielo te reencontrarás en presencia del Señor con todos aquellos seres a los que amas y que ya no se encuentran con nosotros”. Y en ese instante, en el instante mismo en que terminó su pensamiento, la estancia se iluminó, provocando cierto temor en Ángel, pero la cara de tranquilidad de sus familiares, unas caras que reflejaban una inmensa paz, le transmitieron sosiego, un sosiego que se tradujo en una gran quietud en su corazón. Entonces una voz, que simplemente se puede describir como majestuosa, le dijo:

–          No temas hijo mío, y sígueme. Esta es mi morada.

Entonces, el primer cielo y la primera tierra desaparecieron de la mente y la conciencia de Ángel, y la tierra nueva prometida se hizo realidad. Se enjugaron sus lágrimas, y para Ángel, o Angelito, como lo llamaba cariñosamente su madre, ya no hubo ni muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo había pasado[2].

-FIN-

 Blas Atheneo


[1] El dato del gobernante africano con los 200 coches en propiedad apareció en un documental realizado por un profesor de la Facultad de Economía de la Universidad catalana Pompeu Fabra y fue emitido en el mes de noviembre de 2008 en Telemadrid. Siento no poder dar más datos acerca del documental para hacer hasta cierto punto la información más rigurosa, pero me ha sido imposible encontrar su nombre.

[2] Extraído del capítulo 21 del Apocalipsis.

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