La indignación de Stéphane Hessel

P.S.B.

Recientemente he tenido la oportunidad de leer el famoso panfleto Indignaos, de Stéphane Hessel (Ediciones Destino, vol. 195, año 2011).

Es una lectura interesante y atípica en el panorama literario político. Hessel recomienda la indignación como lucha contra la general pasividad de la gente de hoy.

Lo que fundamentalmente avala al anciano autor es su biografía: su origen judío, su participación en la Resistencia francesa en Londres, su colaboración con el ejército del general De Gaulle y su detención en 1944 por la Gestapo y posterior encarcelación en el campo de concentración de Buchenwald.

Una vez acabada la guerra Hessel se incorporó al cuerpo diplomático francés y trabajó en la  ONU formando parte del comité que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.  Finalmente en 1977 ejerció de embajador de Francia ante la ONU, convirtiéndose en un notable defensor de las causa Palestina contra las actuaciones del Estado de Israel.

Por tanto, estamos ante un autor cuya biografía le otorga cierta autoridad moral como para explicar en un texto de corte panfletario algunas de sus razones para la indignación. No por casualidad la fórmula panfletaria fue utilizada desde sus inicios literarios en la Ilustración francesa para llamar la atención  con brevedad y vehemencia con el objetivo de obtener un impulso social y movilizador.

Sin embargo, los puntos oscuros que se suscitan con Hessel y su famoso panfleto son varios e importantes. Las mismas virtudes de la fórmula panfletaria se le vuelven en contra cuando se procede a analizar detenidamente su mensaje: poca profundidad en las ideas y maniqueísmo simplista que divide la realidad entre buenos y malos.

Es evidente que en Indignaos al autor se le escapan muchos matices. Lo que desconocemos es si debe a razones ideológicas o a omisiones imprudentes. El caso es que su soflama a favor de los derechos humanos se queda parcialmente hueca al fundarse en reivindicaciones incompletas o cuanto menos inexactas.

Como he dicho, aunque el principal acierto de Hessel es la identificación de uno de los problemas más acuciantes por los que atraviesa la humanidad (el colapso de un sistema global capitalista, liberal y antisocial), el defecto del panfleto radica en su falta de claridad y determinación ante la injusticia y sus fuentes.

Hessel guarda silencio total respecto de muchas cuestiones muy importantes y que pueden conducir a la indignación. No propone ninguna solución al fenómeno de la inmigración en Europa. Tampoco se interesa por China, gran potencia mundial líder en aplicación de penas de muerte, torturas y demás violaciones de derechos humanos.

Hessel evita hacer un juicio sobre el ejercicio de la violencia, sólo la rechaza porque es poco eficaz.

¿A qué se refiere Hessel con entender a los terroristas? ¿Por qué afirma que el terrorismo no es eficaz? ¿Acaso le parece un método justificado pero poco eficaz?

Aunque aboga por la rebeldía pacífica, su censura de la violencia por cuestiones meramente estratégicas y no morales resulta, directamente, deleznable.

Es evidente que se deja entrever  una antropología equivocada, fruto de influencias nihilistas y relativistas (W. Benjamin, Hegel, Jean Paul Sartre, Proust).

Hessel parece inclinarse por la comodidad de los lugares comunes, la crítica basada en una retahíla de tópicos sesgados y manidas vaguedades. Se echa en falta un diagnóstico mínimamente elaborado y desde luego unas soluciones más allá del hecho de la indignación.

De ahí la lógica decepción que trae consigo este pretencioso panfleto. Alguien como Hessel, con su historial, combatiendo la injusticia a lo largo y ancho del mundo, debería haber sido más riguroso, preciso y contundente.

En definitiva, me parece un texto interesante y bienintencionado en las formas pero no en el fondo. Tal vez su éxito editorial únicamente se deba a la mediocridad del pensamiento que se ha instalado en nuestra sociedad.

Hessel y su panfleto se han convertido en el paradigma perfecto de nuestra sociedad: producto fácil de vender y consumir. Muy apto para individuos inquietos pero intelectualmente  lobotomizados.

P.S.B.

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