El Renacimiento de la Política

P.S.B.

La Política, en su significación clásica vinculada a la ética, como servicio público a la Ciudad, nada tiene que ver con las denominaciones impuestas por la Modernidad como Izquierda y Derecha, o Progresismo y Conservadurismo. Cualquier término que implique ese dualismo maniqueo de corte ideológico implica la reducción de la ciudadanía a mera agrupación de súbditos sometidos a un falaz espectro político que opera bajo sibilinas simplificaciones, manidos tópicos y burdas manipulaciones.

Es evidente que a la élite cleptocrática y plutocrática que ejerce el poder por vía de hecho no le interese acrecentar el sentido político sobre una educación integral en valores humanos y culturales tradicionales. De lo contrario no aplicaría una agresiva ingeniería social focalizada en atomizar al cuerpo social, promoviendo un individualismo que mina la capacidad racional y crítica del sujeto personal. Por eso mismo, con objeto de asegurar el control social dentro de un marco estabilizado, las estructuras de poder propugnan la disensión social por medio del juego político de espurias ideologías. Donde ha triunfado la Modernidad, es decir, la Revolución, este modelo político occidental se ha consolidado. Principalmente por medio de la emergencia de dos bloques de pensamiento ideológico unidireccionales, monolíticos pero complementarios, y que consiguieron materializarse en el bipartidismo, ya en sus orígenes con los jacobinos y los girondinos (Francia), pasando por los whigs y tories (Gran Bretaña), hasta los demócratas y republicanos (EEUU). Y a grandes rasgos, en todo nuestro entorno político, con los denominados progresistas y conservadores.

Este bipartidismo derivado ya en partitocracia de Estado refleja el pulso, no entre diferentes modalidades de entender la acción política, sino entre variantes de una misma modalidad, la moderna o revolucionaria, que se desenvuelve a distintas velocidades. Así pues, los progresistas serían los aceleradores de la Revolución y los conservadores actuarían como sus amortiguadores y al mismo tiempo como cómplices preservadores de sus logros revolucionarios. Este pulso social se ve reflejado en la historia de las ideas políticas, en el que el marxismo trae causa de las políticas liberales que desembocaron en la Revolución Industrial, sin cuyos excesos de explotación no hubiera nacido el movimiento obrero y la lucha de clases. En la actualidad, luego de haberse transmutado ambas ideologías en sistemas totalitarios, capitalismo y comunismo, el primero parece más bien que toma como referente la Libertad, inclinándose hacia la codicia bajo su tótem quimérico del “Mercado” y el segundo, contrarresta la agresión económica con un también violento igualitarismo que se inclina hacia la gestión de la envidia bajo la bota coactiva del dios “Estado”. Tesis y antítesis de las fragilidades interiores de lo humano, que producen como resultado una perfecta síntesis revolucionaria para la guerra económica y la ruina moral, que en su último estadio, desaparecido el comunismo y triunfante el capitalismo globalista, se reconoce en la dialéctica izquierda (socialismo-progresismo) y derecha (neoliberalismo-conservadurismo).

Este conflicto sintético se construye sobre el principio de divergencia de intereses, que habilita para la lucha por la supervivencia desde el Estado y desde los Mercados, de acuerdo con el darwinismo social imperante. Por esta razón, la política se convierte en una herramienta al servicio de los intereses particulares y grupales, cuyas premisas son la disolución de la naturaleza humana a través de la psicología de masas y la programación mental que bascula según qué ámbitos entre el individualismo y el colectivismo. En el individualismo posmoderno, el sujeto asume como propias las promesas ilusorias de las prerrogativas de libertinaje emanadas de las normativas progresistas de la Autoridad Pública, pero cuando no accede a todo cuanto desea, se ve abocado a juntarse en el colectivo, donde la voluntad reivindicatoria de una mayoría le permite hacer de legislador de normas imperativas afines a sus intereses, conservando las prerrogativas conquistadas y sin tener que asumir la responsabilidad de sus actos políticos, función que se delega a los líderes en calidad de representantes del grupo. Por tanto, la democracia liberal de masas hoy dominante, consagra la irresponsabilidad política de la ciudadanía, que se revela sin más, como la representación más patente del principio de divergencia de intereses, en tanto que mecanismo de colocación de agentes políticos, de izquierda  o  derecha, en las estructuras administrativas del Estado. En atención a lo cual, estos cargos asumen todas las responsabilidades, y por consiguiente, asumen todos los medios. Ante sus fracasos, invocan más medios y nuevas regulaciones, porque el dirigismo estatal necesita ser absoluto para poder justificar sus actuaciones.

La neurosis obsesiva de esta dialéctica izquierda-derecha convierte la discusión política, el debate público, en estúpidas disputas sobre aspectos absurdos y superficiales, pues el pilar fundamental de su mecanismo no puede ser objeto de cuestionamiento. Este sistema político bipolar refleja la hemiplejía política de aquellos que por desidia intelectual han abdicado de su propia inteligencia cívica, vendiendo su dignidad como animales políticos a otros más especializados en vender mentiras, y que son al fin de cuentas los que forman parte del bestiario del Leviatán estatal y mercantil.

Poner punto y final a la estratagema izquierda-derecha, es el primer avance para la solución social y la desaparición de un sistema bipolar de falsos consensos que sirve como coartada para la expoliación fiscal y manipulación mediática y educativa. Lo que a su vez requiere la desactivación del monopolio del pensamiento oficial y de la programación dualista de las élites del Estado y del Mercado, combinación de artimañas de control masivo por las cuales se autolegitiman los mismos amos ejecutores de la Revolución, prevaliéndose del instinto de manada, cainita y gregario de los súbditos más lobotomizados.

Por tanto, la solución social pasa por escapar de las dinámicas de la psicología individualista y de masas, tratando de recomponer lo humano desde una concepción holística que concilie, o mejor dicho reconcilie, lo que nunca se debió separar: la Razón y el Corazón, la Ciencia y la Fe, el Cuerpo y el Espíritu. Desde esta unión que da razón de lo humano es posible construir una Ciudad digna y habitable donde el conflicto no sea la norma social como motor de la supervivencia, reflejo de mezquinos sentimientos individualistas o tribales, sino la nueva Ciudad como renovación de las relaciones sociales solidarias para la convivencia y no por la mera coexistencia de los partícipes de la comunidad, cuyo fin último y superior es el desarrollo perfectivo de la Civilización Humana.

El renacimiento de la Política verdadera requiere recuperar el sentido ético de lo público, y por extensión, la noción de justicia social. Para lo cual es imprescindible liquidar el modelo basado en el principio de divergencia de intereses en el que estamos inmersos, que no es sino el nacido de la Revolución, y proceder a su sustitución por uno fundado en el principio de convergencia de intereses y capacidades orientados al Bien Común.

P.S.B.

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3 Respuestas a “El Renacimiento de la Política

  1. pues esta interesante el tema

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