La desidealización de una familia moderna

Reflexiones a propósito de “El quinto hijo”, de Doris Lessing

P.S.B.

De la novela “El quinto hijo”, de Doris Lessing[1], pueden hacerse varias lecturas (literaria, sociológica, psicológica, histórica, educativa o familiar). A efectos de elaborar la presente reflexión se atenderá principalmente a los contenidos en clave de educación y familia en su vertiente “desidealizadora” o si se quiere, “des-romantizadora”, tal como pretende plantear la autora de esta obra. Por tanto, el interés se centrará en la evolución y clases de los modelos de apego dentro de la familia Lovatt, arquetipo, un tanto kafkiano, de una familia media moderna de ámbito occidental,  así como particularmente  la dificultad surgida a raíz del nacimiento de Ben (el quinto hijo) y sus trágicas consecuencias en el sistema familiar.

El nacimiento de Ben genera una concatenación de consecuencias en el sistema familiar de los Lovatt. Su trastorno es una dificultad que debería haber implicado una fuerte adaptación y reestructuración de la familia que finalmente no sucede. Sin embargo, ciertos factores en cuanto al funcionamiento de la familia Lovatt, desde los inicios matrimoniales de la pareja, eran ya conducentes o predisponentes a que ello así ocurriera.

El ideal familiar de los padres Harriet y David termina abruptamente con Ben. No son capaces de superar el trauma de la muerte de ese ideal y ese problema acaba convirtiéndose en una auténtica patología familiar. Su afectación, no obstante, no es a todos por igual. Precisamente es Harriet, la madre, quién en mayor medida sufre y siente el peso de la culpa y el dolor por los acontecimientos trágicos que rodean el embarazo y nacimiento de Ben. El trastorno de Ben puede entenderse como una especie de penitencia autoimpuesta por ella bajo la presión de David y sus otros cuatro hijos, así como de los demás familiares por la muerte de ese ideal.

Desde el principio de la novela, la autora nos describe detalladamente a la pareja protagonista. Entre los rasgos descriptivos se encuentra la esperanza común de tener muchos hijos y una casa grande y bonita. Se constituyen bajo un modelo de familia tradicional: David sale a trabajar a Londres todas las mañanas y Harriet se dedica a la casa y a los hijos.

La casa, en un principio quizá excesivamente presuntuosa según las escépticas opiniones y expectativas de los familiares cercanos, va quedando pequeña a medida que tienen los hijos. Ese será el escenario donde se concentrará toda la acción de la novela y será la fuente de las emociones y vivencias de la familia. En concreto, la cocina y  el dormitorio del matrimonio.

Los cuatro hijos “normales y sanos” evolucionan conductualmente desde temprana edad y al final de la novela terminan dispersados con otros familiares por el efecto determinante causado por el rechazo a Ben dentro en el sistema familiar. No reconocen a Ben como a un hermano sino como un monstruo molesto que debe vivir aislado de la familia y de la sociedad, y cuya culpa existencial radica en última instancia en Harriet.

Un punto importante a destacar es que los primeros problemas de la familia con anterioridad a que Harriet se quedara embarazada de Ben no representaban en sí mismos una dificultad más allá de las estrecheces económicas. Unas estrecheces lógicas por el crecimiento de los miembros de la familia y por tanto de los gastos.

La primera parte de la novela, “sin Ben”, es la construcción de la familia donde juega un papel determinante la unión del matrimonio, la división de funciones para la gestión de la familia y las necesidades económicas que impulsan a David a trabajar más y pedir más dinero a James, su padre, cuando se ven en navidades o verano. Y es que el factor económico surge como uno de los pilares fundamentales en la construcción de la familia desde el principio, como se pone de manifiesto con las preocupaciones laborales de David y las ayudas dispensadas por los familiares para el sostenimiento de la familia, a pesar de las duras críticas hacia el matrimonio con las que van acompañadas.

Por esa razón, puede afirmarse que si la familia dispone de medios económicos tendrá, en principio, menos presiones en determinados aspectos como el tratamiento o los cuidados, por lo que se aliviará el estrés. Sin embargo, esto no es así en la familia protagonista de la novela, que si bien pertenece a una clase social media-alta, conduce incorrectamente la situación especial que le toca vivir desde el principio.

A pesar de la carga familiar que soporta el matrimonio, son generosos con las periódicas visitas que les hacen las hermanas de Harriet, Sarah y Angela, con sus correspondientes maridos e hijos, la madre de David, Molly,  y Frederick.

La visión de la familia Lovatt para estos familiares era una mezcla de emociones difusas. Al principio apoyan a la familia al mismo tiempo que albergan serias dudas del proyecto familiar. Más tarde sienten envidia y admiración por los éxitos y logros de la familia. Al final, sentirán pena por ellos y criticarán abiertamente al matrimonio decidiendo no visitarles con tanta frecuencia para evitar a su indeseable hijo Ben. Pero cuando perciben la dramática situación de la familia procuran organizarse para liberar a los hijos de Ben y de Harriet.

En este punto cabe afirmar que el apoyo de la familia extensa juega en esta novela un papel determinante para descender el grado de estrés, cansancio y ansiedad al que se ven sometidos David y Harriet. Por tanto, la primera parte de la obra describe la creación de una familia numerosa, por lo demás común y próspera, lo cual no significa que sea una tarea exenta de dificultades ni de responsabilidades.

Uno de los puntos que considero importantes a efectos de las relaciones de apego intrafamiliares se concreta en lo que acontece en la segunda parte de la novela, coincidente con el nacimiento de Ben, el quinto hijo. Hasta ese momento, David y Harriet habían sido una pareja que se amaban mutuamente y no habían tenido prácticamente ninguna disputa entre ellos. A partir del nacimiento de Ben eso ya no será así.

El nacimiento de Ben altera el sistema familiar al completo, desde la pareja, los hijos, pasando por los familiares que visitan y cuidan de la familia. El interés de la autora parece centrarse en la observación del progresivo distanciamiento entre David y Harriet, y entre los demás hijos y su madre.

Los personajes generan diferentes respuestas ante el fenómeno problemático que supone Ben. Resulta ante todo sorprendente que, pensando en la capacidad económica que la familia al fin había alcanzado, no se formulara una estrategia óptima para adaptar la familia hacia una integración positiva de Ben. Es decir, es de tal magnitud la desilusión por la muerte del ideal familiar que sigue al nacimiento de Ben, que acaba materializándose en una incapacidad real, casi obsesiva, para afrontar una nueva situación que es extraordinaria y muy difícil. Este punto resalta que la disposición de medios económicos no significa una solución automática de los problemas familiares, sino que el modo de superarlo es a través del componente emocional y el control del curso de las diferentes fases de vulnerabilidad psicológica por las que transcurre una persona ante una situación inesperada de shock o duelo.

El cambio que seguramente hubieran necesitado aplicar la familia era haber afrontado el hecho emocional y socialmente. Y ese cambio no se da. Esto podría atribuirse a la época en que discurre la acción de la novela (años 60 y 70) cuando tal vez ni siquiera en Inglaterra existían todavía medios ni ayudas públicas avanzadas para hacer posible esa necesaria adaptación y reestructuración.

Las fases por las que trascurre una persona que vive en una situación especial se observan con mayor claridad en el personaje de Harriet. La madre es la que vive la fase de shock primeramente con motivo del embarazo. Los hijos y el marido lo harán después a propósito del nacimiento de Ben. Harriet vive en un estado de bloqueo durante todo el embarazo, no entiende que es lo que lleva dentro de su vientre y empieza a sospechar la existencia de un problema de grandes dimensiones que el resto de su familia no ve todavía.

Tras el nacimiento, el resto de su familia vive la fase de shock pero Harriet ya adelanta su fase de negación, en la cual reacciona intentando ignorar el problema de Ben, considerándolo un error y no teniendo en ningún momento plena conciencia de que la situación de su hijo haría peligrar su estabilidad psíquica. El estancamiento en esta fase de los padres es muy perjudicial porque paraliza el funcionamiento de la familia.

Este déficit de medidas correctoras (médicas y educativas) adoptadas por la familia llevará consigo trágicas consecuencias más adelante como es el abandono de Ben en un centro de internamiento donde van a parar los casos perdidos o la socialización negativa de Ben a través de John. Los efectos de ambas circunstancias sólo cesarán cuando Ben sea rescatado por Harriet tras un ataque de remordimiento y dolor de conciencia por parte de la madre y por otro lado por el ingreso de su amigo John en la escuela. Pero la cesación de ambas situaciones no hará sino intensificar el problema que se vive en la casa familiar. El quinto hijo, ya incluso desde el embarazo, suponía una amenaza para la familia, por cuanto hace a su madre la vida mucho más difícil. Y los cuatro hijos, tan dependientes emocional y afectivamente de Harriet al principio de sus vidas, pasan a descolgarse paulatinamente del apego materno y a depender todavía más de los cuidados de Dorothy. Este proceso se observa aún mejor cuando Harriet atraviesa la fase de reacción en la que se comporta de manera desajustada y caótica lo que motiva el rechazo de David y de sus hijos.

Ben es un ser nada empático, sin emociones sociomorales y con una falta de desarrollo socioafectivo, perceptivo y cognitivo desde la primera infancia. Al ser de constitución fuerte, soluciona sus conflictos con tendencia hacia la violencia prevaliéndose de su físico, como por ejemplo ocurre con el pobre gato, muerto por estrangulamiento en el jardín,  y con su hermano Paul, quién es objeto de frecuentes encontronazos y golpes.

Harriet se enfada con el médico que no supo diagnosticar el problema y también sufre reacciones de culpa de los otros hacia ella por la frustración que implica la muerte del ideal familiar planificado en los primeros años por el matrimonio. Por último, Harriet sufre una profunda depresión por la incapacidad de su hijo y por la destrucción de la familia con la que va aparejada dicha situación. Por tanto, puede afirmarse que a partir del último embarazo de Harriet, se inicia una etapa de estrés sostenido durante largos años. Este periodo de sufrimiento y decadencia física y emocional (muy patente en el cuerpo David) pondrá su fin cuando un inadaptado y violento Ben pueda abandonar voluntaria y definitivamente la casa para irse a vivir por su cuenta con la pandilla de la que forma parte.

La autora no revela como sigue la historia después de que Ben ya crecido parasite en la casa con su pandilla a costa de su madre. La novela termina en ese instante. Harriet se queda especulando acerca del hipotético futuro de su monstruoso hijo y su más que probable marcha de la casa. La autora prefiere dejar en suspense el más que seguro abandono de la casa por parte de Ben y su pandilla de forma voluntaria y definitiva,  y en ese caso cómo afrontaría la madre este nuevo shock emocional. El resultado en todo caso es rotundamente dramático: una casa vacía y una familia destruida.

En conclusión, no hay dudas de que la historia narrada en esta novela de Doris Lessing es una auténtica tragedia. Una tragedia, muy dramática, porque representa el fracaso de una familia y un deterioro completo del clima afectivo y de la comunicación entre sus miembros. La existencia de Ben envuelve a todo el sistema familiar de los Lovatt en una atmósfera desagradable que no hará sino agudizarse en el final de la trama. Pero la culpa no se puede achacar a Ben por ser como es sino a un entorno familiar y social poco adecuado e inadaptado emocionalmente para procurarle la ayuda médica y educativa que necesita.

Por otra parte, no existen signos de una recuperación emocional de Harriet tras sufrir las fases de shock, negación y reacción. La autora prefiere no desvelar si finalmente Harriet es capaz de alcanzar un estado suficiente de calma emocional. Me parece que sería muy difícil que una persona en las mismas condiciones que Harriet pudiera a esas alturas del drama familiar superar el ánimo y salir adelante. Es posible que al ser tan complejo reconducir la situación problemática de un hijo a esa edad fuese inútil plantear un escenario tan hipotético como tardío en el que los padres llegan a tener una visión más realista y práctica para poder ayudar a su hijo.

En Harriet se intensifica la angustia y depresión vivida desde la casa. David, cada vez más fuera de la casa, se agota físicamente y queda absorbido por el trabajo. Un trabajo que figura como una vía de escape a la preocupación que representa su propia familia. No hay indicios, por lo tanto, para apuntar que se dan las condiciones para una orientación y organización adecuada de la vida familiar de los Lovatt.

Este final tan desesperanzador con el que termina esta novela de Doris Lessing me ha traído a la memoria la Metamorfosis de Kafka. En sendas obras, se manifiesta la desesperanza respecto al destino personal y un pesimismo frente a lo humano y social. En ambos relatos no se transmite una enseñanza útil o moral. Pero se deja entrever que la familia, la de Gregor Samsa como la de Ben, animalizados por su entorno, no sólo ha de ser una unidad de subsistencia sino que ha de aspirar a la constitución de una unidad afectiva.

En ambas historias se presenta el dilema según el cual la familia parece estar obligada a no excluir a un miembro, pero tampoco puede integrarlo del todo. Esta contradicción es la base de los dos relatos. Tanto a Gregor Samsa en la Metamorfosis como a Ben, el quinto hijo, la familia tiene la obligación de alimentarlos, pero su sola presencia repugna a los demás. En las dos familias se plantea la posibilidad de repudiarles o excluirles de la casa y de la vida familiar. Al final, sus entornos terminan comprendiendo que empezar a despreciarlos es la condición necesaria para que la familia salga adelante.

Las dos funciones de la familia, de subsistencia y afectiva, son presentadas sobre la base de ese dilema. El ideal cede ante la imposibilidad de lo afectivo, que se constituye como un aspecto secundario o accesorio de la subsistencia, como mera confirmación simbólica o accesoria de la función principal. Sin embargo,  esta visión reduccionista de la familia es incompleta y no da margen de mejora a sí misma ni a la sociedad que la rodea. La familia no cabe duda que tiene que asegurar la supervivencia física de los hijos. Pero ha de ir más allá, procurando los padres el sano crecimiento y socialización de los hijos en las conductas básicas de comunicación y diálogo. Aquí se incluye la necesidad de aportar amor en sus funciones y también el apoyo a través del establecimiento de relaciones de apego duraderas. La familia para los hijos ha de ser una fuente de estimulación para el desarrollo de sus capacidades, haciéndoles competentes en sus relaciones con el entorno físico y social, para responder a las demandas de adaptación al mundo que les toca vivir.

A pesar del tono trágico y desesperanzador que inunda toda la novela de Doris Lessing, desde un inicio idealista e ingenuo hasta un final catastrófico y funesto, resalta el importante e insustituible papel que la familia tiene para la sociedad. Fundamentalmente el valor de las mujeres que se convierten en madres y las cuales dan vida a todos los seres humanos que pueblan el planeta, ya sean sanos o enfermos, santos o monstruosos.

Sobre un hijo se ponen todas las expectativas posibles. Pero esas expectativas en realidad las han de realizar sus padres, quienes han de poner el tiempo, la atención y la alegría en su educación. Como bien se pone de manifiesto en la novela, el hecho de formar una familia, tener hijos y educarlos bien no es una tarea fácil. Requiere una dedicación plena durante muchos años y esto puede llevar a ciertas emociones de angustia y cansancio, sobre todo si se ve que no se alcanzan los objetivos previstos atendiendo a una determinada dinámica familiar que no ayuda a ello.

Afortunadamente, en la actualidad cada vez son más los maridos que ayudan a sus mujeres en las tareas del hogar. Ya no se tiene la imagen de que las tareas del hogar son algo propio del mundo femenino en las que el hombre puede ayudar puntualmente sino una tarea que hay que compartir como obligación recíproca del matrimonio. Como sucede en la novela, coincido con la autora en que es necesario romper el tópico de romantizar falsamente una realidad, la de la familia, que no es perfecta ni ideal. La familia, la educación, la paternidad y maternidad son fenómenos complejos y difíciles. Conllevan una serie de actividades, tensiones, desafíos continuos y preocupaciones que no se pueden pasar por alto. En ellos hay factores que pueden controlarse y otros que no. Entre ellas, la posibilidad efectiva de que nazca un hijo con problemas físicos o mentales.

Por esta razón, es mejor tener presente esta realidad para afrontar mejor todos los retos implícitos que rodean a la familia y a la educación. Si se afrontan mejor desde todas las partes implicadas, los retos de las familias y las dificultades de la educación con los medios y conductas adecuadas, redundará sin lugar a dudas en beneficio de la sociedad.

El dramatismo desesperante y desesperanzador de todo lo que acaba envolviendo a la familia Lovatt, como causas finales de su destrucción, hace relucir el propósito querido por Doris Lessing. La aparente y ficticia tragedia social de la muerte de un ideal, como es la familia, señala el camino para recrearla, que pasa ineludiblemente por el amor, la paciencia y la comprensión.

P.S.B.


[1] LESSING, Doris. El quinto hijo. Barcelona: Random House Mondadori (Debolsillo), 2011.

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