La Política, de Aristóteles

P.S.B.

Síntesis

El Libro I es de carácter general. Lo natural es vivir políticamente por tres razones: por motivo de subsistencia, por conocimiento común acerca de lo que es necesario y por el lenguaje, pues por medio de la palabra comunicamos nuestro pensamiento y lo hacemos común. Trata también de la formación de la ciudad, de la relación de dependencia, de la economía y de la esclavitud.

Todas las comunidades pretenden como fin algún bien. La ciudad es lo que pretende el bien superior y está conformada por una asociación de familias “toda familia es parte de la ciudad (I, 3)”. En las familias la asociación se da entre el señor y el esclavo y entre el hombre y la mujer siendo estas asociaciones de base natural.

Este desarrollo natural es necesario para la subsistencia y no depende de la elección “es natural el impulso a dejar tras de sí a otro individuo semejante a uno mismo”. La naturaleza hace cada cosa con una única finalidad “las plantas existen para los animales y los animales para el beneficio del hombre, por lo que es necesario que esos seres existan naturalmente para utilidad del hombre (I, 8)”.

De ese modo, la familia es la comunidad natural para la satisfacción de lo cotidiano y la ciudad la comunidad perfecta para la autosuficiencia total que se forma por la necesidad de satisfacer las necesidades de la vida. La ciudad es anterior a la familia porque el conjunto es anterior a la parte.

La ciudad es un hecho natural y el hombre es un ser naturalmente sociable (animal político) porque de entre los animales es el que posee la palabra, puede comunicarse y manifestar “lo conveniente y lo dañino, lo justo y lo injusto”. Para Aristóteles, lo que hace propio al hombre es el sentido de lo bueno y lo malo. Así, la justicia se convierte en una necesidad social, como regla esencial para la vida en asociación política que le corresponde la decisión de lo que es justo. Toda comunicación pone de relieve una vida en amistad.

En cuanto a la economía y la esclavitud, el autor señala que sin las cosas necesarias es imposible vivir  como vivir bien, de ahí que sea necesario instrumentos apropiados animados o inanimados. La propiedad es un elemento de la naturaleza.  Aristóteles establece en el capítulo V un régimen de adquisición en función de un criterio natural por el cual unos están destinados a ser mandados y otros a mandar como biológicamente los seres vivos están constituidos por alma y cuerpo, la una manda y el otro obedece.

Es decir, la obediencia y la autoridad se encuentran en todo conjunto que aspire a un resultado común por lo que hay esclavos y hombres libres por obra de la naturaleza: unos son libres para mandar y otros son esclavos para obedecer.

“El gobierno político es un gobierno de hombres libres e iguales (I, 7)”, pero no es lo mismo el poder del amo sobre su esclavo como el político sobre los ciudadanos puesto que el gobierno se ejerce sobre personas libres. En cambio, el gobierno del amo sólo es la ciencia de la posesión y servicio de esclavos, de saberlos mandar en lo que tiene que hacer, dándoles órdenes para poder el amo dedicarse a la filosofía y a la vida política.

Aristóteles también estudia la adquisición de los bienes, el cambio, la evolución del comercio y el dinero. De este último cabe destacar la crítica que realiza a la usura, ya que es la ganancia procedente del mismo dinero y no para aquello por lo que se inventó el dinero que fue para el cambio. El interés como hijo del dinero es para Aristóteles el más antinatural de los negocios. Añade que para los gobernantes es conveniente que tengan conocimiento de los recursos y de la riqueza porque las ciudades necesitan de una política financiera, del mismo modo que las familias.

Sobre la administración doméstica (I,12), existen tres tipos de relaciones; la del dominio del amo sobre el esclavo, la paterna y monárquica sobre los hijos y la conyugal, que es la que recae con autoridad republicana sobre la esposa, pues “el macho es por naturaleza más apto para la dirección de la hembra”. El cuidado de la administración familiar debe dar preferencia a las personas sobre los objetos inanimados, y más a la excelencia de los humanos que a la propiedad de la riqueza, y más importancia a los hombres libres que a los esclavos.

Concluye el Libro I estableciendo que por naturaleza la mayoría de las cosas se componen de gobernantes y gobernados pero que de distinta forma manda el libre al esclavo, el macho a la hembra y el padre al hijo aunque todos participan de las virtudes morales sólo en la medida que conviene a la función de cada uno (I, 13). Sin embargo el que manda ha de poseer la perfecta virtud ética como jefe de acción según la razón.

El Libro II es una serie de críticas dirigidas contra las teorías políticas de Platón, Faleas de Calcedonia e Hipódamo de Mileto. También discute los regímenes políticos de Lacedemonia, Creta, Cartago, Sólon y Zaleuco “a fin de descubrir lo que haya en ellas de correcto y útil (II, 1)”.

En primer lugar examina la República de Platón. Platón sostiene que debía existir una comunidad de hijos, mujeres y bienes. Para Aristóteles, lo que es común es objeto de menor cuidado porque si el hombre no siente algo como propio o único, no se ocupa de ello y piensa que otro puede hacerlo por él.

Por tanto, la pertenencia y el amor familiar no pueden existir en un régimen de gobierno en el que todo es común pues pierden sentido la filiación y el parentesco, produciéndose confusión y aumentando el conflicto (por ejemplo la incontinencia con las mujeres) y dejando de precaverse de cometer crímenes por causa del parentesco (II,4).

Platón sostiene que el ideal de la ciudad es su unidad absoluta. En sentido contrario, Aristóteles rechaza esta idea aduciendo que si se unifica progresivamente, la ciudad perdería su pluralidad y se destruiría. La familia es más autosuficiente que el individuo y la ciudad más que la familia por lo que “hay que preferir lo más autosuficiente a lo más unitario”.

Otra cuestión es el estudio del régimen de la propiedad común y privada. El autor pretende un régimen equilibrado o mixto dónde cada particular pueda explotar su propiedad obteniendo su mayor beneficio para él y para la comunidad. Señala que aunque los hijos y mujeres no deben ser comunes, “es mejor que los bienes sean privados pero que para su utilización se hagan comunes (II, 5)”.

Aristóteles considera un placer el poder ayudar. El hecho de tomar algo como propio es natural pues uno se tiene amor a sí mismo y esto impulsa a la generosidad (hacer favores y socorrer a los amigos) que es “lo más agradable”. Una virtud que únicamente puede llevarse a cabo desde la propiedad privada. Si no hay propiedad privada, tampoco existe la generosidad, pues ésta se basa en el uso de los bienes propios.

En el capítulo VI estudia las Leyes de Platón. Al autor le resulta absurdo la igualación de la propiedad sin tomar medidas sobre la población, pues las existencias se reparten entre la población puede ocurrir que “será forzoso que los nacidos de más carezcan de todo (II, 6)”. El descontrol de la natalidad es causa de pobreza y la pobreza “engendra guerra civil y delincuencia”.

En cuanto al sistema político propuesto por Platón (sistema mixto democrático y oligárquico -república-) es rechazado por Aristóteles, que observa elementos de demagogia y tiranía en él porque predominan los que ganan más y los ciudadanos que empuñan las armas.

En los últimos capítulos del Libro II, repasa diversas constituciones o regímenes políticos de su época. Destaca la legislación de Faleas de Calcedonia que fue el que determinó por primera vez el principio de igualdad para evitar la aparición de conflictos internos. Aristóteles alega que el hecho de tener todos lo mismo no garantiza la paz en la comunidad pues los superiores se alzarían al verse igualados con los inferiores. Para el autor, Faleas sólo atiende a evitar los pequeños delitos y conflictos en el marco de una ciudad pequeña que sólo procura las cosas de primera necesidad.

Aristóteles reconoce que “es conveniente el que sean iguales las propiedades de los ciudadanos para que no se revuelvan unos con otros”, pero afirma que no es justo que los que más trabajan no obtengan más. Propone el hábito del trabajo, la templanza y una igualdad de partida en la distribución mesurada de todas las cosas porque “en una ciudad que pretenda un buen gobierno debe existir un desahogo de las primeras necesidades (II, 9)”, cuya cobertura posibilite la dedicación a la filosofía y a la política para encontrar la felicidad.

En definitiva, si se unifica la ciudad haciéndose todo común como pretende Platón, se pierden muchas virtudes según Aristóteles, ya que con la práctica de este comunismo, “la vida será del todo imposible (II, 5)”, siendo inalcanzable una ciudad feliz si sus partes (familias, ciudadanos y demás habitantes) no poseen la felicidad (II, 6). Por tanto entre la familia y la ciudad no debe haber una unidad absoluta.

El Libro III trata sobre la ciudad y el ciudadano. La ciudad es un conjunto de personas capacitadas para una vida autosuficiente. Los ciudadanos no son los habitantes de un lugar o los que disfrutan de ciertos derechos jurídicos sino los que participan en la justicia y en el gobierno.

Es decir, los ciudadanos son los que gobiernan o participan del gobierno de la ciudad, y de ellos depende su organización. Sin embargo, esta definición de ciudadano que maneja Aristóteles está en función del lugar y forma de gobierno, siendo el concepto de ciudadanía y sus clases más o menos amplio según el sistema que se adopte (III, 5).

Los ciudadanos quieren la prosperidad de su ciudad, para ello realizan actos virtuosos cuyas formas pueden variar según el régimen político que se instaure.

No hay una única virtud del ciudadano sino distintas “saber dejarse mandar y saber mandar (III, 4”),  al contrario que la virtud del hombre bueno. El ciudadano político es aquel que tiene la doble virtud de ser buen ciudadano y hombre de bien. El que se ocupa de los intereses comunes debe poseer la prudencia (virtud de mando) y la obediencia (virtud del súbdito).

En el capítulo VI se define lo que se entiende por régimen político. Es la organización de la ciudad y sus magistraturas. Según el interés, Aristóteles diferencia las constituciones puras o justas y las impuras o injustas, en las cuales sólo se atiende el interés personal y no el general. Si el gobierno y sus leyes atienden al bien común “esos regímenes serán por necesidad rectos (III, 7)” y si atienden al interés particular de uno, de la minoría o de la mayoría, habrá una ciudad con vicios y desviaciones.

Entre las formas puras y sus contrarias figuran la Monarquía (gobierno de uno sólo) cuya desviación es la Tiranía (orientada al interés del monarca), la Aristocracia (gobierno de los mejores) cuya desviación es la Oligarquía (cuyo fin es el de los ricos) y la República (gobierno de la mayoría) cuya desviación es la Demagogia (gobierno particular de los pobres).

En los siguientes capítulos aborda con amplitud los aspectos más significativos de cada régimen y la evolución política, partiendo del problema que supone “qué parte de la ciudad debe tener la autoridad: la masa, los ricos, los bien dotados, el superior o el tirano (III, 10)”. También estudia si corresponde una mayor participación en la ciudad a quién contribuye en mayor grado. Aristóteles determina que si en la ciudad hay un ciudadano superior a los demás, en fuerza e influencia, sería injusto reducirle a la igualdad ya que la ley no está hecha para estos seres superiores y “sería ridículo someterlos a la constitución”.

Esto supondría el abandono excepcional del principio de igualdad de todos los ciudadanos para que  ejerciera el poder el ser superior temporalmente, “pues ellos mismos son la ley”.

En el ámbito democrático se aplica el ostracismo porque se persigue ante todo la igualdad, eliminando o desterrando a los que destacan. En un régimen óptimo también supone un problema la existencia de alguien que destaque porque “no puede decirse que haya que desterrar a un hombre de tal clase pero tampoco se puede mandar en él (III, 13)”.

La solución de Aristóteles ante esta circunstancia es la obediencia voluntaria  de forma que este ser se convierta en rey perpetuo de la ciudad.

Salvo este supuesto, para Aristóteles la soberanía debe residir en la ley positiva del régimen político “inteligencia sin ciegas pasiones”, que es independiente del instinto de poder y de su corrupción (que genera rivalidad por la autoridad entre grupos de nobles, libres y ricos que justifican su superioridad). Así, quienes son iguales por naturaleza tiene idénticos derechos y dignidad.

La ley, término medio, es lo que es justo (gobernar y dejarse gobernar con orden) siendo preferible esto antes de que mande un ciudadano (III, 16). Para el gobierno debe haber magistrados “guardianes de la ley” educados por la ley para juzgar y administrar las cosas con criterio justo.

Finalmente, Aristóteles afirma que el mejor régimen “será necesariamente el que esté administrado por los mejores (III, 18)”, que es aquel en el que sobresale la virtud y dónde unos pueden mandar y otros dejarse mandar “para el logro de la vida más deseable”.

Juicio Crítico

La lectura de los libros I, II y III de la Política de Aristóteles nos introduce en el debate filosófico en dónde se confrontan dos modelos. Uno toma como verdad absoluta que el hombre es por naturaleza un animal político y otro modelo que establece que la convención y la razón son las que dictan la superación de una realidad que no se acepta.

El concepto de ciudad a que se refiere el autor va a ser estudiado como Estado, término de la Modernidad, para poder abarcar este problema filosófico con mayor amplitud.

Unos sostienen que el hombre no es un ser social por naturaleza. Lo que es propio del hombre es ser malo con sus semejantes, lo que se traduce en que las pasiones particulares tienden a destruir al resto antes que el fin de lograr una vida en común. Desde esta perspectiva, el hombre no es un animal político por naturaleza sino desde un planteamiento artificial de la razón.

De esta manera no es aceptable la justificación de que unos dominen por naturaleza pues supondría una pérdida inevitable de libertad para otros. Y si los dominados no son libres, tampoco son iguales. Sólo se puede superar esta jerarquía natural que se considera injusta por medio de la figura de un Estado protector que garantiza la igualdad porque no hay referencia fuera de él.

En este punto de vista, se parte del individualismo sin atender a lo que las cosas son por naturaleza. El Estado es lo que sirve para superar la situación que no es deseable por la razón humana. Es decir, se puede dominar y cambiar lo natural porque el Estado no es el resultado de un orden natural sino que se construye desde las ideas, sin admitir ninguna realidad preexistente. Así, los regímenes políticos generan su realidad por votación “libre”. Por tanto todo está sujeto a cambio.

Para otros, la política debe atender a un fin natural. Es la naturaleza, según Aristóteles, lo que fija la finalidad y los límites de la ciudad y de sus ciudadanos. La ciudad es el fin de la evolución de la sociedad no de forma abstracta sino en su realización. Su teoría aparece en un contexto de decadencia y crisis cuya solución para el autor no es el apoyo de fórmulas utópicas, platónicas o idealistas.

Aristóteles soluciona el problema filosófico de la ciudad desde la defensa de las instituciones de su época (por ejemplo de la esclavitud) y ubicando la virtud ética en lo político en el término medio, en un régimen equilibrado y estable, cuyo fin es “la vida bella y feliz”. Una vida en la que se puede desarrollar en plenitud la areté o virtud.Y esta vida perfecta no puede ser alcanzada aisladamente porque el hombre no se puede realizar aisladamente. Sólo en el Estado puede el hombre ser virtuoso y lograr la Eudaimonía (la buena vida).

Por tanto, existe una relación entre la prosperidad del Estado y la vida virtuosa de los ciudadanos.

Desde esta perspectiva, todo está orientado hacia el fin último que es la felicidad, siendo la política lo que aspira al bien máximo que es el bien común porque nadie puede vivir sólo. No se modifica la realidad sino que el Estado asume lo que es natural sin pretender superarlo ni controlarlo. Se entiende que hay algo que cambia y puede cambiar y otras cosas que no cambian ni pueden cambiar.

Ambas perspectivas generan, en mi opinión, una serie de cuestiones.

En primer lugar creo que se puede discutir el dato que dice Aristóteles en lo referente a que el Estado es anterior al hombre y a la familia. Cronológicamente no puede ser así porque el Estado es posterior en el tiempo. Primero aparece la persona, luego se forman familias y después se agrupan en el Estado. Si bien es cierto que una persona o familia no puede ser autosuficiente por sí misma, tampoco podemos saber si se puede “vivir bien” fuera del Estado y de sus leyes. No se puede saber por la razón de que desde el nacimiento (incluyo antes) ya existimos dentro del Estado y para sus leyes, sin poder elegir no pertenecer a un Estado.

Además, el hecho de considerar al Estado como una prolongación en cantidad de personas (de la unidad a la comunidad) no significa que a mayor número de personas suponga una mayor calidad de vida ni tenga que predisponer a la felicidad.

En segundo lugar se plantea el problema de asumir parte o toda la política de un régimen. Si a lo que se aspira, como dice Platón, es a la unidad absoluta (todo en común) surgiría un problema personal al no haber propiedad privada, espacios de discusión y crítica interna como contribución al bien común.

Aristóteles en la Política precisamente critica a los que como Platón pretenden construir una comunidad como unidad cerrada y homogénea, con un falso consenso que vería cualquier cuestionamiento político como un riesgo para el sistema y una amenaza para la convivencia. Acabaríamos en un sistema dónde todo es de todos o nada es de nadie (problema de la “comunidad de mujeres”), tipo comuna hippy, que nos llevaría al descontrol. Para Aristóteles el exceso de unidad mata la comunidad, niega la vida social y acabaría con la ciudad.

En tercer lugar, según mi punto de vista, la Política presenta un problema por admitir Aristóteles que en la realidad hay ciertos hombres que por naturaleza son incapaces de aspirar a esa vida superior. Es cierto que hay personas que no se dedican a la política y que no participan en la construcción de la ciudad. No son en el pensamiento de Aristóteles “perfectos ciudadanos”. Hay personas que están absorbidos por su trabajo (negocios) o placeres, y no les queda tiempo para la política.

Esta existencia al margen de la vida social les convertiría para Aristóteles o en “dioses o en bestias”, “el enemigo de la sociedad ciudadana es por naturaleza y no por casualidad un ser inferior o más que un hombre (I, 2)”.

El problema surge en que para dedicarse a la filosofía y a la vida política (obtener el bienestar y la vida feliz mediante la práctica de la virtud) supone haber cubierto previamente las necesidades humanas básicas e inmediatas. Entonces, aquellos que tienen un trabajo duro o sólo se preocupan por los negocios o los placeres no pueden dedicarse (debido a su naturaleza poco inteligente) a la vida política. Quedan excluidos de la auténtica realización humana y esclavizados por los que sí pueden.

Los hombres que sólo se dedican a la satisfacción material, reducen todo al valor de utilidad y se reducen ellos mismos y respecto a los demás al valor de instrumento, luego por su propia voluntad o naturaleza, se aproximan a la categoría de simples animales; “sin virtud el hombre es el animal más impío y salvaje”.

Por tanto, como dice Aristóteles, si se podría pensar que hay una distinción natural a dominar y a ser dominado. Sin embargo, personalmente, esto no debería suponer una discriminación política y jurídica en que justificar lo natural.

En  mi opinión, es inaceptable reconocer que para que unos puedan conseguir una vida buena y perfecta, otros tengan que trabajar necesariamente sin libertad. Que para que unos se realicen y sean felices (mandar), otros tengan que sacrificarse y sufrir (obedecer). Que para que unos puedan “vivir bien”, otros tengan que mal vivir.

Por último se suscita el problema de la rivalidad por el poder dentro del Estado. En la Democracia actual luchan por el poder distintos grupos que consideran el “bien vivir” con criterios diferentes. No hay política basada en la práctica de la virtud como propone Aristóteles sino que se hace política para vivir, se hace de la política una forma de vida.

La propia Democracia es “negocio” porque la ley establece el requisito de poseer dinero y palabra para alcanzar el poder (mandar y ser obedecido con y sin límites), no siendo necesaria ninguna virtud.

El Estado actual también difiere de la ciudad de Aristóteles en que no hay una decisión natural y voluntaria de vivir en común o en amistad. Se fabrica un Estado antinatural como soporte para ejercer el poder y llevar al “ostracismo” a los que discrepan sobre lo que es “bien vivir”.

En definitiva, pienso que queda bastante lejano el presupuesto de Aristóteles de que “la ciudad es la asociación de familias y pueblos para una vida perfecta y autosuficiente (III, 10)”.  En un contexto político de confrontación permanente y decadencia pensar que “la decisión de vivir en común es amistad” como decía Aristóteles, sería deseable pero utópico.

P.S.B.

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Una respuesta a “La Política, de Aristóteles

  1. es lo mas interesante estudiar otra cultura; y hallar las respuestas que ahora necesitamos

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